Las invasiones inglesas

Durante el siglo XVIII Inglaterra debió afrontar las consecuencias de la Revolución Industrial, la declaración de la independencia de sus colonias en América y la guerra con Francia, prácticamente sin interrupción desde 1793 hasta 1815.

La Revolución Industrial, apoyada en modernas máquinas a vapor, trajo un aumento en la producción de las fábricas que obligó a obtener materias primas en cantidad para el proceso y lógicamente, nuevos mercados de consumidores.

La declaración de la independencia de las trece colonias inglesas en América, firmada por Thomas Jefferson, tiene su origen en las restricciones impuestas por Inglaterra a sus colonias en lo que se refiere al comercio y a la industria; si a esto sumamos el bloqueo continental impuesto por Francia, resulta que Inglaterra se ve privada, en parte, de abastecimiento de materias primas y mercados de consumo de sus productos.

La falta de ventas trajo desocupación, incremento de los impuestos y malestar social: “el taller del mundo”, como se la llamaba, buscó expansión colonial en América, Asia y África.

Las dos invasiones inglesas al Río de la Plata intentaron quebrar el monopolio español y abrir nuevos mercados consumidores de sus productos.

Ahora bien, la decadencia española y la ineficacia de sus autoridades en las colonias de Sud América fueron campo propicio para las ambiciones inglesas y posteriormente para la Revolución de Mayo.

La armada que desembarcaría los infantes en las costas de Quilmes no estaba debidamente autorizada por el primer ministro William Pitt. Había sido despachada contra la posesión holandesa del Cabo de Buena Esperanza, que fue rendida el 18 de enero de 1806 por el general William Carr Beresford, actuando al frente del regimiento 71 de infantería escocesa.

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El jefe de las fuerzas terrestres de esta expedición, Mayor General Sir David Baird resuelve despachar un reducido ejército hacia el Río de la Plata donde los objetivos eran Buenos Aires y Montevideo. Se designa jefe de las fuerzas terrestres a Beresford.

Finalmente fue Buenos Aires, porque la oficialidad lo creyó más conveniente; es indudable que en esta decisión influyó la seguridad de hallarse en la ciudad los tesoros reales pronto a embarcarse rumbo a España.

Sobre el tema de la elección de Buenos Aires como plaza para atacar, Beresford le comunica a Baird que él era partidario de ir contra Montevideo pero se decidió a aceptar el plan de Popham de atacar Buenos Aires porque la flota carecía de todo, se habían consumido todas las provisiones: “fue nuestra propia escasez la que nos decidió atacar primeramente a esta plaza”.1

A principios de junio de 1806, seis barcos de transporte y seis de guerra navegaban dentro del Río de la Plata; uno de ellos, la fragata Narcissus,

Narcissus

Narcissus

(…) detuvo una goleta de bandera portuguesa, un poco mas arriba de Montevideo (…) había además a su bordo un escocés llamado Russel, [Oliver Russell] quien se oculto y fingió no comprender nuestro idioma, pero después de un prolijo examen, confesó ser súbdito naturalizado de Buenos Aires, después de una residencia de años, que desempeñaba el puesto de practico real en el Plata. (…) La noticia dada por Mr. Russel fue que una gran suma de dinero había llegado a Buenos Aires desde el interior del país para ser embarcada con rumbo a España en la primera oportunidad, que la cuidad estaba protegida solamente por un poca tropa de línea, cinco compañías de indisciplinados blandengues, canalla popular (…)2

Russell les informa sobre la conveniencia de desembarcar en Quilmes, ya que este era un lugar de fácil acceso hacia el interior, según es reconocido por Beresford.

De todas formas, pensamos que ya tenían prefijados los posibles lugares de desembarco, y que uno de ellos era Quilmes.

La Reconquista de Buenos Aires. William Carr Beresford se rindió ante Santiago de Liniers.

La Reconquista de Buenos Aires. William Carr Beresford se rindió ante Santiago de Liniers.

Antes de llegar al Río de la Plata, habían tejido una inmensa red de posibilidades a través de espías, comerciantes de la ciudad y simples mercenarios.

El desembarco en las costas de Quilmes –durante la tarde del 25 de junio– se cumplió sin ningún inconveniente y sin que se ofreciera resistencia de parte de las tropas del Virrey.

William Carr Beresford

William Carr Beresford

Tenemos al pequeño ejército de Beresford sobre la playa, dispuesto a pasar la noche, y sobre las barrancas opuestas al bañado –dos mil metros de distancia– se van sumando hombres que, a las órdenes del subinspector Pedro de Arze, trataran de resistir el ataque del día jueves 26 de junio de 1806.

Aquí cabría preguntarse por qué Beresford esperó hasta las 11 horas del día siguiente para iniciar el ataque, sabiendo que la posibilidad de su pequeña fuerza -1641 hombres- dependía en gran parte de la sorpresa, y por otra parte daba tiempo a los españoles a reunir más hombres y equipos en la barranca, donde finalmente se daría el combate; tengamos en cuenta que solamente por minutos no llegaron a actuar otras fuerzas, y el capitán Bereterra con más artillería volante, que venían en auxilio de Arze.

Seguramente esperaría más noticias de sus aliados de Buenos Aires, que bien puede ser ya que en la declaración de Juan Ignacio Terrada al Cabildo, luego de los hechos, nos informa que habiendo sido designado en la mañana del día 26 salir para Quilmes con una partida “para descubrir bañados y caminos” [y] “que desempeñando esta comisión vio algunos jinetes [sobre la playa], que a gran galope iban de la boca de nuestro río [Riachuelo] en dirección a los botes enemigos”.3 Está fuera de discusión la conexión entre las fuerzas invasoras y un sector importante de la población de Buenos Aires, especialmente comerciantes.

Durante el día 26, Arze le envía una nota al Virrey Sobremonte en la que informa: “Mi venerado Gefe solo tengo que añadir al Parte, que de esta Población faltan dos pescadores que es de recelar esten con los enemigos en quienes he visto dos caballos montados á vanguardia…”.4

Evidentemente, Arze fue informado de esto por los pobladores de Quilmes, que dado su escaso número de habitantes, bien podrían advertir la falta de dos pescadores.

Además, es improbable que le haya comunicado esto a Sobremonte sin tener suficiente garantía sobre los hechos; no era poco lo que sabía: faltaban dos pescadores, podían estar con el enemigo y había visto dos caballos montados a vanguardia. (No podemos pensar que confundió jinetes uniformados enemigos con pescadores).

Por otra parte, qué mejor baqueano para cruzar el bañado que un pescador, obligado a cruzarlo todos los días para hacer su trabajo.

Si esto fuera cierto, tendríamos que arribar a la conclusión que todo estaba preparado de antemano, ya que resulta inaceptable que los dos pescadores se hayan presentado, por su cuenta y riesgo, a un ejército enemigo a ofrecer sus servicios.

A las 11horas del día 26 de junio, se pone en marcha el ejército británico y desaloja a las fuerzas de Arze sin dificultad; luego de un descanso de dos horas, se encaminan hacia el Riachuelo y deciden hacer noche antes del cruce, sobre la margen derecha.

A las once de la mañana del día 27, Beresford tenía la mayor parte de su ejército del otro lado del río y había sido informado por sus amigos de Buenos Aires, que el Virrey había huido con las tropas, dejando la ciudad totalmente desguarnecida.

Llegados a la ciudad –comenta un oficial del regimiento 71: “Los balcones de las casas estaban alineados con el bello sexo, que daba la bienvenida con sonrisas y no parecía de ninguna manera disgustado por el cambio”.5

Sobre la impresión que causó la presencia de los vencedores en una parte de la población, leemos el texto de Mariquita Sánchez de Thompson: “es preciso confesar que nuestra gente del campo no es linda, es fuerte, robusta, pero negra”. Los trata de sucios y miserables a ellos, sus armas y caballos; opina que: “si no se asustan los ingleses de ver esto, no hay esperanza”. Con respecto al regimiento 71 de escoceses dice:

(…) las más lindas tropas que se podrán ver, el uniforme más poético, botines de cinta punzó cruzadas, una parte de la pierna desnuda, una pollerita corta (…) Este lindo uniforme, sobre la más bella juventud, sobre caras de nieve, la limpieza de estas tropas admirables, ¡qué contraste tan grande!…Todo el mundo estaba aturdido mirando a los lindos enemigos y llorando por creer ver que eran judíos y que perdiera el Rey de España, esta joya de su corona.6

Sobre el mediodía del 27 de junio de 1806, se concretó la rendición de Buenos Aires, una ciudad de más de cuarenta mil habitantes era tomada por un pequeño ejército. Beresford y sus oficiales se presentaron en el fuerte y recibieron del brigadier José Ignacio de la Quintana la rendición de Buenos Aires.

El día 28 flameó en el Fuerte la bandera británica, saludada con una salva de artillería que fue contestada desde la escuadra, que dominaba el estuario del Río de la Plata.

Beresford exige que se le entreguen los tesoros reales que Sobremonte en su huída llevó hasta Luján, se le concede y despacha una comisión de veintiséis hombres en su búsqueda; éstos fueron montados en los caballos que proporcionó Guillermo White, ciudadano norteamericano radicado en Buenos Aires, agente de Inglaterra durante las invasiones; informó a Beresford todo cuanto fue necesario y fue traductor de los jefes de ambos ejércitos. Fue negrero y contrabandista, tenía amistad con Popham –jefe de la escuadra invasora–, quien le adeudaba una importante suma de dinero.

Ya muerto White, el presidente Bartolomé Mitre le otorgó un subsidio a su familia en el año 1842.

Sus oficiales estaban alojados en las mejores casas de Buenos Aires, participaban de reuniones, bailes y agasajos; la banda de música del 71 daba conciertos en el paseo de la Alameda, donde los oficiales británicos se paseaban del brazo con las jóvenes de las familias más encumbradas, tales como las señoritas Marcó del Pont, Escalada y Sarratea.7

El maestro de la banda del 71 dio clases de música a varias familias.

Por otra parte, el doctor Forbes, que estaba a cargo de los heridos ingleses luego de la reconquista de la ciudad, fue tan consultado por las gentes de Buenos Aires, que llegó a provocar los celos de sus colegas sudamericanos, hasta el punto que se le prohibió ejercer la profesión.

Los capitanes Patrick Lynch y James Ogilvie se alojaban en casa de la familia Rubio, adonde concurrían además Beresford, Pack y otros oficiales a tomar mate por las tardes.

Sería interminable relatar la bienvenida dada por una parte de la población de Buenos Aires a los invasores, bástenos traer a colación, como hecho concluyente, la existencia de un libro de firmas en poder de los británicos (Alejandro Gillespie) donde se registran los juramentos de lealtad a su majestad británica de cincuenta y ocho habitantes de la ciudad, entre los que se cuentan comerciantes, y tres miembros de lo que después sería la Primera Junta de Gobierno.

Rechazada la invasión, Gillespie vuelve a su patria, y unos años después, enterado de los sucesos de Mayo y la instalación de la Primera Junta, resuelve entregar el libro de firmas, pues encontró que el apellido de varios juramentados a S.M.B. en 1806 coincidía con el de algunos patriotas.

Se le ordena entregarlo al subsecretario del Departamento Extranjero, quien le extiende el siguiente recibo:

Foreign Office, septiembre 4, 1810.

Recibido este día, de manos del capitán Alejandro Gillespie, de los marinos reales, un libro, conteniendo los juramentos de lealtad a su majestad británica, firmados en Buenos Aires en el curso de julio de 1806, por cincuenta y ocho habitantes de esa ciudad, junto con las palabras de los oficiales españoles y criollos del ejército regular y provincial de Buenos Aires, comenzado el 1° de julio de 1806. El mismo para ser depositado en el Foreign Office.

W. Hamilton.

Hay otra nota de Gillespie al “Muy Honorable míster Perceval”, donde le dice, respecto a un encuentro entre ambos, que llevará

(…) el libro que contiene las firmas de lealtad de muchos de los habitantes comerciales de Buenos Aires cuando estaban bajo el dominio británico. Con referencia a estos nombres, observo en comparación con la lista de los que componen el actual gobierno de aquella ciudad: un caballero Francisco Yosé Castelli [¿Juan José Castelli?] que sigue en orden a Saavacha [¿Saavedra ?] (…)

Alex Gillespie.8

Según Carlos Aldao de los tres miembros de la Primera Junta, “…Castelli es uno de ellos, es muy probable que el segundo fuese Belgrano dada su amistad íntima con Castelli, y algún otro [¿Paso?], además de Rivadavia que fue el informante de Varela ”.

Tomemos en cuenta que los cincuenta y ocho firmantes comenzaron a dar su adhesión a los británicos, apenas cuatro días de instalados éstos en el fuerte, cuando no tenían ninguna seguridad de cómo se desarrollarían los hechos, por lo que podrían quedar muy expuestos de tener un revés las fuerzas ocupantes. Sabemos por Gillespie que muchos de los firmantes prometieron traer otros simpatizantes que por el momento no querían arriesgar su seguridad.

Se podrá argumentar que el número de firmas es insuficiente para alegar connivencia de una parte de la población con los invasores, aunque debemos tener en cuenta que fueron colectadas en solo un mes, que el temor de lo futuro inmediato hizo que muchos se abstuviesen de momento, y que los nombres que conocemos de los firmantes son concluyentes.

No debe extrañarnos, puesto que hasta el día de hoy se vienen repitiendo estas cosas, con ligeros cambios de circunstancias y apellidos.

La conducta humana no cambia, siempre es la misma.

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