Guerra de la Triple Alianza


01gusanitolectorchicoLa guerra que enfrentó a la Argentina, Brasil y Uruguay contra Paraguay, entre 1865 y 1870, respondió más a los intereses británicos y de acabar con un modelo autónomo de desarrollo como el paraguayo, que podía devenir en un “mal ejemplo” para el resto de América latina, que a los objetivos de unificación nacional y defensa del territorio proclamados por sus promotores.

El conflicto que terminó por enfrentar al Paraguay con la Triple Alianza, formada por Argentina, Brasil y Uruguay, tuvo su origen en 1863, cuando el Uruguay fue invadido por un grupo de liberales uruguayos comandados por el general Venancio Flores, quienes derrocaron al gobierno blanco, de tendencia federal y único aliado del Paraguay en la región.

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La invasión había sido preparada en Buenos Aires con el visto bueno del presidente Bartolomé Mitre y el apoyo de la armada brasileña. El Paraguay intervino en defensa del gobierno depuesto y le declaró la guerra al Brasil.

El gobierno de Mitre se había declarado neutral pero no permitió el paso por Corrientes de las tropas comandadas por el gobernante paraguayo Francisco Solano López. Esto llevó a López a declarar la guerra también a la Argentina.

Brasil, la Argentina y el nuevo gobierno uruguayo firmaron en mayo de 1865 el Tratado de la Triple Alianza, en el que se fijaban los objetivos de la guerra y las condiciones de rendición que se le impondrían al Paraguay.

Hasta 1865 el gobierno paraguayo, bajo los gobiernos de Carlos Antonio López y su hijo Francisco Solano López, construyó astilleros, fábricas metalúrgicas, ferrocarriles y líneas telegráficas. La mayor parte de las tierras pertenecía al Estado, que ejercía además una especie de monopolio de la comercialización en el exterior de sus dos principales productos: la yerba y el tabaco. El Paraguay era la única nación de América Latina que no tenía deuda externa porque le bastaban sus recursos.

Decía Alberdi: “Si es verdad que la civilización de este siglo tiene por emblemas las líneas de navegación por vapor, los telégrafos eléctricos, las fundiciones de metales, los astilleros y arsenales, los ferrocarriles, etc., los nuevos misioneros de civilización salidos de Santiago del Estero, Catamarca, La Rioja, San Juan, etc., etc., no sólo no tienen en su hogar esas piezas de civilización para llevar al Paraguay, sino que irían a conocerlas de vista por la primera vez en su vida en el ‘país salvaje’ de su cruzada civilizadora”.

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La impopularidad de la Guerra de la Triple Alianza, sumada a los tradicionales conflictos generados por la hegemonía porteña, provocó levantamientos en Mendoza, San Juan, La Rioja y San Luis.

El caudillo catamarqueño Felipe Varela lanzó una proclama llamando a la rebelión y a no participar en una guerra fratricida diciendo: “Ser porteño es ser ciudadano exclusivista y ser provinciano es ser mendigo sin patria, sin libertad, sin derechos. Esta es la política del gobierno de Mitre. Soldados Federales, nuestro programa es la práctica estricta de la Constitución jurada, el orden común, la amistad con el Paraguay y la unión con las demás repúblicas americanas”.

A pesar de contar con un importante apoyo popular, Varela fue derrotado por las fuerzas nacionales en 1867. Como decía la zamba de Vargas, nada podían hacer las lanzas contra los modernos fusiles de Buenos Aires.

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La participación argentina en la guerra respondía también al interés del gobierno en imposibilitar una posible alianza entre las provincias litorales y el Paraguay.

La guerra era para los paraguayos una causa nacional. Todo el pueblo participaba activamente de una guerra defensiva. Los soldados de la Triple Alianza peleaban por plata o por obligación. Esto llevó a los paraguayos a concretar verdaderas hazañas militares, como el triunfo de Curupaytí, donde contando con un armamento claramente inferior, tuvieron sólo 50 muertos frente a los 9.000 de los aliados, entre ellos Dominguito, el hijo de Domingo Faustino Sarmiento.

Decía La Nación, el diario de Mitre, decía: “Algunos miopes creen que el fanatismo de los paraguayos es el temor que tienen al déspota (Solano López) y explican su servilismo por el sistema rígido con que son tratados. Soy de diferente opinión: ¿cómo me explica usted que esos prisioneros de Yatay, bien tratados por los nuestros y abundando en todo, se nos huyan tan pronto se les presenta la ocasión para ir masivamente a engrosar las filas de su antiguo verdugo?”

Mitre trataba de explicar las dificultades de la guerra echándole la culpa a la creciente oposición interna: “¿Quién no sabe que los traidores alentaron al Paraguay a declararnos la guerra? Si la mitad de la prensa no hubiera traicionado la causa nacional armándose a favor del enemigo, si Entre Ríos no se hubiese sublevado dos veces, si casi todos los contingentes de las provincias no se hubieran sublevado al venir a cumplir con su deber, si una opinión simpática al enemigo extraño no hubiese alentado a la traición ¿quién duda que la guerra estaría terminada ya?”

En nuestro país, la oposición a la guerra se manifestaba de las maneras más diversas, entre ellas, la actitud de los trabajadores correntinos, que se negaron a construir embarcaciones para las tropas aliadas y en la prédica de pensadores que, como Juan Bautista Alberdi y José Hernández, el autor del Martín Fierro, apoyaban al Paraguay.

En 1870, durante la presidencia de Sarmiento las tropas aliadas lograron tomar Asunción poniendo fin a la guerra. El Paraguay había quedado destrozado, diezmada su población y arrasado su territorio.

Mitre había hecho un pronóstico demasiado optimista sobre la guerra: “En 24 horas en los cuarteles, en 15 días en campaña, en 3 meses en la Asunción”.

Pero lo cierto es que la guerra duró casi cinco años, le costó al país más de 500 millones de pesos y 50.000 muertos. Sin embargo, benefició a comerciantes y ganaderos porteños y entrerrianos cercanos al poder, que hicieron grandes negocios abasteciendo a las tropas aliadas.

El general Mitre declaró: “En la guerra del Paraguay ha triunfado no sólo la República Argentina sino también los grandes principios del libre cambio (…) Cuando nuestros guerreros vuelvan de su campaña, podrá el comercio ver inscripto en sus banderas victoriosas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado”.

Por el tratado de la Triple Alianza, se establecía que los aliados respetarían la integridad territorial del Paraguay. Terminada la guerra, los ministros diplomáticos de los tres países se reunieron en Buenos Aires. El ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento, Mariano Varela expresó: “La victoria no da a las naciones aliadas derecho para que declaren, entre sí, como límites suyos los que el tratado determina. Esos límites deben ser discutidos con el gobierno que exista en el Paraguay y su fijación será hecha en los tratados que se celebren, después de exhibidos, por las partes contratantes, los títulos en que cada una apoya sus derechos”.

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El embajador del Brasil en Argentina, Barón de Cotepige, negoció separadamente con el Paraguay tratados de límites, de paz, de comercio y navegación. Esto provocó el enojo de la Argentina, que decidió enviar a Río una misión diplomática encabezada por Mitre. Al ser recibido por el ministro brasileño, dijo el delegado: “Me es grato hacer los más sinceros votos por la prosperidad y el engrandecimiento de la Gran Nación Brasileña, unida a la Argentina, sin olvidar la República Oriental del Uruguay, y por la gloria y sacrificios comunes de dos décadas memorables de lucha contra dos bárbaras tiranías que eran el oprobio de la humanidad y un peligro para la paz y la libertad de estas naciones”.

Lo cierto es que Brasil si pensaba que la victoria daba derechos: saqueó Asunción, instaló un gobierno adicto y se quedó con importantes porciones del territorio paraguayo.

El regreso de las tropas trajo a Buenos Aires, en 1871, una terrible epidemia de fiebre amarilla contraída por los soldados en la guerra. La peste dejó un saldo de trece mil muertos e hizo emigrar a las familias oligárquicas hacia el Norte de la ciudad, abandonando sus amplias casonas de la zona Sur. Sus casas desocupadas fueron transformadas en conventillos.

HACIA LA CATÁSTROFE

En 1863 la lucha entre blancos y colorados, en Uruguay, sirvió de excusa para la intervención de Brasil en ese pequeño estado. En realidad, fue la presión de los hacendados riograndenses, fuertemente interesados en los campos fronterizos, lo que impulsé la actitud del Imperio. La República Argentina dirigida entonces por Mitre, permaneció neutral, en tanto las fuerzas brasileñas atacaban al país hermano con apoyo de las fuerzas coloradas de Venancio Flores.

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Los blancos acudieron ante Paraguay en procura de ayuda y el dictador López vio la oportunidad de intervenir en favor de lo que él llamaba el equilibrio en el Plata. Su intimación a Brasil para que cesara la intervención en Uruguay no fue aceptada iniciándose entonces las hostilidades.

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LA POSICIÓN ARGENTINA

Brasil era el rival tradicional de Buenos Aires en el Plata. En la cuestión oriental el gobierno de Mitre (simpatizante, por otra parte. de los colorados) había permanecido al margen esto es permitiendo la intervención del Imperio, una vez que éste garantizó la integridad territorial de Uruguay.

Al estallar la lucha entre Brasil y Paraguay, este último país solicitó de la República Argentina autorización para trasladar sus ejércitos a través de su territorio, cosa que le fue negada. Para nuestro gobierno, una actitud favorable a Paraguay podía significar un serio peligro: las ambiciones de Solano López de lograr una salida al mar para su patria afectaban la seguridad del litoral, donde la política paraguaya contaba con adeptos entre los enemigos del gobierno mitrista.

La negativa de Buenos Aires lanzó a Paraguay ya en guerra con Brasil, al conflicto con las otras dos naciones involucradas, pues en Uruguay el apoyo imperial dio la victoria a los colorados y Venancio Flores, llegado al poder con ese triunfo se apresuró a aliarse con Argentina y Brasil.

LA GUERRA : López inició las acciones contra Brasil capturando al vapor de esa bandera Marqués de Olinda. el 11 de noviembre de 1864; en febrero de 1865 declaró la guerra a la República Argentina, aunque este hecho fue conocido por Buenos Aires mucho más tarde. Para ese entonces los blancos uruguayos habían sido vencidos.

LA OFENSIVA PARAGUAYA

López erró sus cálculos desde el principio. Aguardando tal vez un pronunciamiento favorable de los federales argentinos sobre todo del litoral, inició sus operaciones hacia el norte, invadiendo exitosamente el territorio brasileño de Mato Grosso. Este triunfo no fue decisivo; en cambio, dio tiempo a la derrota de los blancos uruguayos evitando toda posible coordinación de esfuerzos con los paraguayos. A mediados de abril las tropas paraguayas invadieron la provincia argentina de Corrientes, avanzando a lo largo de los ríos Paraná y Uruguay.

LA TRIPLE ALIANZA

El 1 de mayo de 1865 Rufino de Elizalde (ministro argentino de Relaciones Exteriores), Octaviano de Almeida Rosa y Carlos de Castro (representantes de Brasil y Uruguay. respectivamente) signaron el llamado Tratado de la Triple Alianza. Se puntualizaba allí que la guerra seria dirigida contra el gobierno y no contra el pueblo paraguayo simple participante en los hechos, y que se respetaría la integridad del Paraguay. Sin embargo, el tratado establecía ventajas territoriales para los estados firmantes.

Paraguay, fruto de la política armamentista de los López, contaba con un poderoso ejército, parcialmente dotado de armas modernas arsenales y manufacturas de guerra. Podía poner en armas 6000 hombres y contaba con varios vapores de guerra y otros adaptados al efecto en parte tripulados por marinos ingleses.

LAS OPERACIONES EN EL LITORAL (1865)

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El avance paraguayo sobre la Mesopotamia sufrió un rudo contraste ante la marina imperial en el sangriento combate naval del Riachuelo (11 de abril de 1865) donde, pese al valor de los paraguayos su escuadrilla quedó fuera de combate y los ríos en poder del enemigo.

El 17 de setiembre de 1865 una parte de las fuerzas paraguayas al mando de Estigarribia se rindió en Uruguayana —localidad brasileña que habían ocupado— a los aliados encabezados por Mitre (jefe terrestre de los ejércitos de la Triple Alianza). Cerca de 30.000 hombres había empeñado López en esta ofensiva y tras la derrota citada debió ordenar su repliegue.

LAS LUCHAS EN TERRITORIO PARAGUAYO

Desde 1866. Paraguay, librado a sus solos recursos, cortada toda comunicación con el exterior, se limitó a una desesperada acción defensiva que sólo prolongaron el coraje de sus soldados y la ceguera y el despotismo de López, confiado en su eficaz sistema de fortificaciones.

La ofensiva aliada al suelo paraguayo (las tropas argentinas sumaban ya 25.000 hombres) fue seguida por tremendos encuentros, generalmente desfavorables a Paraguay. Se sucedieron así Estero Bellaco (2 de mayo de 1866), Tuyuti (24 de mayo de 1866), Boquerón y El Sauce (16 y 18 de junio). Señalamos, como dato curioso, el empleo que las fuerzas de la Triple Alianza hicieron, en alguna oportunidad, de globos cautivos

Una entrevista entre Mitre y López celebrada en Yataiti-Corá, no produjo ningún resultado favorable, ya que el mandatario argentino no quiso negociar al margen del Brasil (cosa que Brasil hizo luego) y la guerra siguió su curso.

CURUPAYTÍ. El 22 de setiembre de 1866 un asalto frontal contra las trincheras paraguayas que guarecían aquella fortaleza terminó en un desastre. El bombardeo naval de la escuadra brasileña, al mando del almirante Tamandaré no hizo mella en los atrincheramientos del ene migo, y las tropas terrestres dirigidas por Mitre sufrieron un duro revés: solo el ejército argentino perdió más de 5000 hombres entre ellos Dominguito Sarmiento. La se prolongó entonces al tiempo que los opositores al mitrismo y el sentimiento de las provincias contrario a la guerra creaban una caótica situación en el interior del país.

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EL FIN DE LA CONTIENDA. Pese a Curupayti la derrota paraguaya era cuestión de tiempo. Los ejércitos enfrentados se debatieron en nuevos y sangrientos encuentros (Piquisirí, ltá Ibaté) y el 5 de enero de 1869 (Sarmiento ya gobernaba en Buenos Aires) las fuerzas de la Triple Alianza entraban en Asunción.

Solano López continuó con su deshecho ejército una acción sin esperanzas hasta caer muerto ante una partida brasileña en marzo de 1870.

CONSECUENCIAS DE LA GUERRA

Paraguay quedó literalmente arrasado; la mayoría de su población útil había caído en el combate. Las pérdidas humanas sufridas por sus enemigos fueron también considerables; las secuelas de la guerra se dejaron sentir por largo tiempo en la República Argentina.
El conflicto no terminó con el cese del fuego. Los problemas pendientes fueron resueltos por la diplomacia. El Imperio impuso a los vencidos los limites que a él le convenían; la República Argentina negoció largamente los territorios en conflicto, tras haberse iniciado la paz con la generosa doctrina de Varela, ministro de Relaciones Exteriores de Sarmiento: la victoria no da derechos a las naciones aliadas para declarar por si límites que el tratado señaló.

Los resultados obtenidos por unos y otros no justificaron el conflicto. La única moraleja a extraer, si cabe sacarlas de los hechos históricos, sólo demuestra lo inútil y costoso de las guerras entre pueblos hermanos.

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La diplomacia británica

125px-Union_flag_1606_(Kings_Colors).svgLa historiografía revisionista y de izquierda en la Argentina y la mayor parte del Paraguay suele adjudicarle la responsabilidad de la guerra a las ambiciones imperialistas o mercantiles de Gran Bretaña. No obstante, el revisionismo moderno pone en duda la exactitud de esa afirmación.En efecto, si bien el comercio y las finanzas británicas se vieron beneficiadas con la guerra, Gran Bretaña se oponía por principio a la misma, ya que la visión generalizada era que toda guerra perjudica el comercio internacional.

No obstante, está claro que desde el principio el ministro inglés en Buenos Aires, Edgard Thornton, apoyó la Triple Alianza. Estuvo presente en la firma del Tratado de las Puntas del Rosario del 18 de junio de 1864, por la cual el Brasil y la Argentina se aliaron a Venancio Flores contra el gobierno legal uruguayo. De regreso del Uruguay, se entrevistó con el presidente argentino Mitre, para convencerlo de firmar sin protesta la alianza. Años más tarde, en una carta que ha sido publicada, el ministro brasileño José Antonio Saraiva declararía que:

“…la Triple Alianza “no surgió después de la “agresión” paraguaya a la Argentina en abril del 65, sino en las Puntas del Rosario en Junio del 64. …dichas alianzas empezaron el día en que el ministro argentino y el brasileño conferenciaron con Flores en las Puntas del Rosario y no el día en que Octaviano y yo, como Ministros del estado, firmamos el pacto.”

El ejemplo de autonomía económica e ideológica del Paraguay era considerado nefasto por los británicos. Por otro lado, Gran Bretaña estaba en ese momento atravesando una severa crisis económica, debida especialmente a la Guerra de Secesión en los Estados Unidos, que causaba una interrupción casi completa de la remisión de algodón desde el sur de ese país hacia su ex metrópoli. De modo que los ingleses buscaban por todo el mundo países capaces de producir algodón y venderlo a Gran Bretaña; a eso se debió una etapa particularmente agresiva de conquista de la India en esos años. Esta necesidad justificó también que la atención de los británicos se fijaran en el Paraguay como productor de algodón: Paraguay era el segundo productor y manufacturador de algodón en el mundo.

Por último, Gran Bretaña obtuvo un enorme beneficio económico de la contienda: a la provisión de la mayor parte del armamento, municiones y embarcaciones utilizado por los aliados, se sumaron grandes empréstitos a las tres naciones aliadas y al mismo Paraguay después de la Guerra. En efecto, entre 1863 y 1865, los bancos británicos prestaron al Imperio más de diez millones de libras esterlinas y a la Argentina un total de 3,5 millones de libras.

Pero, independientemente de los beneficios obtenidos por sus comerciantes y financistas y los que esperaban recibir de la guerra los industriales textiles, Gran Bretaña no azuzó la Guerra de la Triple Alianza. Aparte de Thornton, ningún otro diplomático tuvo actuación en el comienzo de la misma, y éste fue desautorizado más tarde. El 2 de marzo de 1866, el Foreign Office decidió presionar para que la Guerra terminara cuanto antes, publicando el Tratado de la Triple Alianza, que había permanecido secreto. La maniobra fracasó por la resistencia personal del Emperador Pedro II de Brasil.

La situación en Uruguay

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Pese a las diferencias políticas con sus vecinos, la situación se mantuvo estable hasta 1863, cuando el Imperio de Brasil facilitó la revolución del general Venancio Flores contra el legítimo presidente de Uruguay, Bernardo Prudencio Berro, y sus inmediatos sucesores.En efecto, bajo pretexto de abigeato, a inicios de 1864 el Imperio de Brasil conminó al presidente uruguayo Atanasio Cruz Aguirre (del partido nacional uruguayo) a que efectuara resarcimientos al Brasil. El gobierno uruguayo respondió que, durante una guerra civil, no se podía garantizar la seguridad de las propiedades de nadie, ni de brasileños ni de uruguayos; y menos aún, cuando muchos de los propietarios brasileños del norte del Uruguay habían tomado las armas a favor de la revolución. Ante esto, en abril de 1864 Francisco Solano López se ofreció como mediador, oferta que fue despreciada por el estado brasileño. En el mes de agosto, el presidente Aguirre solicitó formalmente al Paraguay la intervención del Paraguay a favor del gobierno legal del Uruguay, a lo que López respondió con declaraciones altisonantes, pero sin definición alguna al respecto.El 4 de agosto de 1864, el ministro brasileño José António Saraiva envió un ultimátum al gobierno uruguayo de Atanasio Aguirre, amenazando con represalias por desatender las demandas planteadas anteriormente por el Brasil. El ultimátum fue rechazado.

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Por este motivo, el 30 de agosto de 1864 el gobierno paraguayo realizó una vigorosa protesta —conocida como Protesta del 30 de agosto— ante el ministro residente en Asunción, Cesar Sauvan Vianna de Lima, en donde afirmaba que el Brasil había actuado en contra de lo establecido en el Tratado del 25 de diciembre de 1850, y que consideraría “casus belli” la ocupación militar del Uruguay; mencionando también que dicha acción atentaría contra el equilibrio de los estados de la cuenca del Río de la Plata.

El 12 de octubre, el general brasileño José Luis Mena Barreto, con 12.000 hombres, inició la invasión brasileña al Uruguay, y dos días más tarde se apoderó de la ciudad de Melo.

Luego, entre el 9 y 10 de noviembre, López recibió la noticia de la efectiva ocupación militar del Uruguay y ordenó el 11 de noviembre de 1864 la captura del Marquês de Olinda, buque mercante brasileño que hacía regularmente el servicio de cargas y pasajeros entre Brasil y Corumbá. Al día siguiente el vapor paraguayo Tacuarí apresó al navío brasileño, que subía por el río Paraguay, luego de abastecerse en Asunción, llevando a bordo al coronel Frederico Carneiro de Campos, recientemente nombrado presidente de la provincia del Mato Grosso, quien fue hecho prisionero y mantenido en esa condición hasta el final de la guerra junto a los oficiales que iban en el barco; la marinería fue deportada a Buenos Aires. El 14 de noviembre, López rompió relaciones con el Brasil.

Ejército Paraguayo

Las fuerzas de tierra incorporadas al ejército del Paraguay fueron en constante aumento: Carlos Antonio López había dejado movilizados alrededor de 7000 soldados, pero en mayo de 1864, el cónsul brasileño en Asunción informaba que el ejército paraguayo contaba con 16 680 hombres, más 7 u 8000 reservistas. El gobierno paraguayo, por otro lado, informó al Congreso que disponía de 64 000 hombres en armas, cifra que seguramente incluía reclutas en adiestramiento y milicianos no incorporados al ejército.

El armamento disponible en el Paraguay era numeroso, pero tecnológicamente muy inferior al de sus enemigos. Muchos de los infantes paraguayos lucharon con fusiles de chispa, frente a los de retrocarga con que contaban argentinos y brasileños. Había una escasez de uniformes y ropa de invierno; incluso llegaban a luchar descalzos. También los cañones paraguayos eran inferiores respecto de sus enemigos: casi no contaban con cañones “rayados”, los únicos que podían perforar las protecciones de los buques acorazados.El bloqueo del Río de la Plata por parte de la escuadra brasileña impidió la llegada al Paraguay de gran cantidad de armamento de superior calidad que ya había sido comprado en Europa.

La única ventaja en armamento que tenían los paraguayos era la fundición de Ybycuí – posteriormente trasladada a Caacupé – en la que podían fabricar algunos miles de armas blancas y de fuego.

Armada paraguaya

Durante la guerra el Paraguay contó con los siguientes barcos de guerra:

* Tacuarí: 421 toneladas, 6 cañones
* Paraguarí: 627 toneladas, 4 cañones
* Ygurey: 548 toneladas, 5 cañones
* Yporá: 205 toneladas, 4 cañones
* Marqués de Olinda: 300 toneladas, 4 cañones (capturado al Brasil)
* Jejuí: 120 toneladas, 2 cañones
* Salto Oriental: 250 toneladas, 4 cañones (capturado a la Argentina)
* Pirabebé: 120 toneladas, 1 cañón

Contó además con 6 lanchones artillados con un cañón cada uno y 14 unidades auxiliares de menor tonelaje, entre ellos el Yberá.Contó además con los barcos capturados en Corrientes: 25 de Mayo y Gualeguay.

Ejército Argentino

Oficialmente, al producirse la invasión paraguaya a Corrientes, el Ejército Argentino contaba con 6391 hombres: 2993 del arma de infantería, 2858 de caballería y 540 de artillería.

Dicho ejército se había formado por la unión del ejército del Estado de Buenos Aires que invadió muchas de las provincias interiores después de la Batalla de Pavón, y que incluía cierto número de mercenarios. A esas tropas se les habían agregado parte de las fuerzas de milicias de líderes provinciales aliados al presidente Mitre, como las de Santiago del Estero y Corrientes.[cita requerida] No estaban contadas, en cambio, las milicias provinciales – especialmente numerosas en la provincia de Buenos Aires – que participaban en la lucha contra los indígenas, de las cuales una parte sería asignada al frente paraguayo.

Apenas iniciada la participación argentina en la guerra, una ley ordenó la formación de contingentes que debían ser reclutados por los gobiernos provinciales. En un parte del 15 de noviembre de 1865 se detalla las fuerzas con las que contribuyeron las provincias argentinas conformando la Guardia Nacional:

* Provincia de Buenos Aires: 10 batallones de infantería y 2 regimientos de caballería, 5000 hombres
* Santa Fe: 3 batallones de infantería y un regimiento de caballería, 1025 hombres
* Entre Ríos, 2 batallones, artillería y piquete, 751 hombres
* Córdoba: 2 batallones, 459 hombres
* La Rioja, 1 batallón, 360 hombres
* San Juan, 1 batallón, 336 hombres
* Tucumán: 1 batallón, 300 hombres
* Salta, 1 batallón, 298 hombres
* Catamarca, 1 batallón, 282 hombres
* Mendoza, 1 batallón, 271 hombres
* Corrientes, 1 batallón, 219 hombres
* San Luis, 1 batallón, 195 hombres

A estas fuerzas se deben agregar 4500 correntinos de caballería que formaron la primera resistencia al frente de los coroneles Hornos, Cáceres, Paiva, Regueral y otros. El gobierno solicitó también 1150 soldados a las provincias del interior para remontar los cuerpos de línea, que a su vez darían lugar a nuevas sublevaciones.

Las fuerzas de línea destinadas a la guerra en noviembre de 1865 eran: 12 batallones (incluso 3 cuerpos de extranjeros contratados en Europa), 2 brigadas de artillería de 4 escuadrones, 2 regimientos de caballería y la escolta del comandante en jefe. El parte señala que el ejército argentino completo destinado a la guerra en noviembre de 1865 tenía: 8 generales, 241 jefes, 2059 oficiales, 5402 suboficiales y 16 812 soldados, sin incluir las fuerzas dispersadas en Entre Ríos.

En abril de 1866, las fuerzas argentinas disponibles para iniciar la invasión al Paraguay eran 25 000. En comparación con los demás beligerantes, en el caso argentino resulta llamativo que en total se movilizaron algo menos de 30 000 hombres, es decir que la gran mayoría de los mismos ya habían sido movilizados antes de cumplirse un año del comienzo de la guerra.

En el momento de realizarse el censo argentino de 1869, se contaron 6276 militares argentinos en el Paraguay.

Ejército del Brasil

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El Brasil disponía, a fines de 1864, solamente 18.000 soldados profesionales dispersos por todo el país; no obstante, por su población de más de 9 millones de habitantes, era el país de América Latina que más hombres podía reclutar con el paso del tiempo. Ese mismo año, el gobierno fue autorizado a aumentar sus fuerzas en tiempos de paz a 22.000 hombres.

Desde el estallido de la guerra, el Imperio inició una campaña sistemática de reclutamiento de voluntarios. Al momento de iniciarse la invasión al Paraguay, estaban reunidos en Corrientes un total de 37.870 soldados. Durante la guerra, entre los aliados sería el Imperio quien perdería más cantidad de soldados, por lo que se encomendó a las autoridades. Por otro lado, después de iniciada la campaña de Humaitá se frenó por completo el ingreso de voluntarios. El reclutamiento se volvió forzoso, y las autoridades provinciales y municipales fueron las encargadas de reunir los contingentes, formados mayoritariamente por hombres libres de raza negra o mulatos. A ellos se añadieron miles de esclavos que fueron puestos a disposición del gobierno por distintas razones, pero el total de esclavos en el ejército nunca pasó del 10%, aunque si se suman los esclavos que estuvieron en el frente en distintos momentos, la proporción debe haber sido mucho más alta.

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En total, a lo largo de la guerra, el Brasil reclutó y envió al frente – o quedaron en reserva, disponibles para su envío inmediato al frente – 123.418 hombres.

Uruguay

Según un estado de fuerzas del 15 de enero de 1865, la División Oriental al mando de Venancio Flores estaba compuesta de: 3 generales, 42 jefes, 234 oficiales y 2.887 suboficiales y soldados. La constituían los regimientos de caballería de guardias nacionales N° 1, 2 y 4, al mando del general Enrique Castro; la escolta del general Flores; la 1° brigada de infantería al mando del coronel León de Pallejas, compuesta de los batallones Florida y 24 de Abril; la 2° brigada de infantería al mando del coronel Marcelino Castro, compuesta de los batallones Libertad e Independencia; el 1° escuadrón de artillería ligera; y el parque al mando del capitán González. El estado mayor lo comandaba el general Gregorio Suárez.

En los dos años siguiente, el Uruguay continuó enviando tropas a la guerra, llegando a unos 5.583 hombres. Uruguay no contribuyó con buques al esfuerzo bélico aliado.

Pérdidas territoriales del Paraguay

Al finalizar la guerra, Brasil obtuvo todos los territorios que deseaba y Paraguay quedó transformado en un estado satélite del Brasil, hasta el punto que el ministro plenipotenciario brasileño, José Maria da Silva Paranhos Júnior, era llamado casi oficialmente en Brasil «virrey del Paraguay» (o Virrei do Paraguaí). La ocupación brasileña perduró hasta 1876, tras la firma del Tratado de Cotegipe, por el cual Brasil ocupaba nuevos territorios y obtenía «reparaciones» y diversas concesiones económicas.

En cambio, la Argentina confirmó su posesión sobre un territorio también hasta entonces litigado, el ubicado entre los ríos Pilcomayo y Bermejo, o Chaco Central, territorio sobre el cual tanto la Argentina como el Paraguay habían hecho reclamaciones, aunque ningún estado había ejercido soberanía efectiva allí hasta después de 1870. Ese territorio había estado en el control de los guaycurúes (según su nombre en guaraní), etnias sin estado, como las de los qomlek, pilagá, ashluslay y tapieté, casi todas ellas acérrimas enemigas de Paraguay. Recién con las campañas del comandante argentino Luis Jorge Fontana, posteriores a la Guerra de la Triple Alianza, el territorio fue controlado por la Argentina; actualmente corresponde a la Provincia de Formosa.

Por el este, Paraguay debió devolver a la Argentina la provincia de Misiones que, aprovechando la guerra civil en Argentina, el estado paraguayo regido por el doctor Francia había ocupado en 1838. En rigor, el control «efectivo» que Paraguay tuvo entre 1838 y 1865 sobre alguna parte de la Misiones mesopotámica se reducía a las adyacencias de la Trinchera de San José (actual ciudad de Posadas) y la ruta que desde la misma llevaba hasta el río Uruguay. La isla del Cerrito, en la confluencia de los ríos Paraná y Paraguay, permaneció ocupada por Brasil hasta 1873, fecha en que fue cedida a la República Argentina

Desastre demográfico

El resultado más terrible de esta guerra fue la masiva mortandad de la población paraguaya, en especial de varones. Las cifras de población paraguaya muerta por causas directas (acciones bélicas) e indirectas (hambre, estrés, pestes como la del cólera) aún son variables, pero todos los autores aceptan que la mortandad fue enorme.

Existen, no obstante, profundas diferencias en la medición de la pérdida de población en el Paraguay. Estas se basan en las diferencias sobre la población que tenía el Paraguay antes de la guerra. En efecto, una de las bases posibles para este cálculo es un libro de Benigno Martínez, que afirmaba que se había realizado un censo en 1857, del que había resultado una población de 1.337.439 personas. Aparentemente, la afirmación original sobre este censo proviene de un libro de Alfredo Marbais du Graty. El mismo Du Graty habría publicado en 1857 un texto de propaganda a favor de las inversiones públicas en el Paraguay, afirmando que ese país tenía en ese año una población de 800.000 habitantes. Y antes aún, en 1852, el mismo Du Graty había publicado su opinión de que el Paraguay tenía aproximadamente 300.000 habitantes.Sin embargo, la cifra de Martínez de 1857 fue aceptada en la historiografía tradicional paraguaya y en varios historiadores extranjeros de inicios del siglo XX.La diferencia entre estas estimaciones en cuanto a la población original forma la mayor parte de las discusiones sobre la pérdida poblacional del Paraguay.

Los demás historiadores prefieren dejar de lado este censo – que consideran nunca se realizó – y basarse en el otro censo conocido, el de 1846, que contó 238.862 habitantes, aunque grandes partes del territorio no fueron incluidas en el censo; de lo que se desprendería que, basándose en una tasa de crecimiento normal de aquella época,en 1864 la población paraguaya habría sido de 420.000 a 450.000 personas.

Tras la guerra se realizó un censo (1870-71) en que se contabilizaron 116.351 habitantes, aunque hubo varios de los territorios más aislados que no se incluyeron en él, y en muchos casos a los niños, algo común en esa época. Por ello se estima población entre 150 y 160 mil habitantes, de los que 28.000 serían hombres adultos.

Así, diversas fuentes afirman que la pérdida de la población paraguaya habría sido de 937.500 1.100.000, 1.200.000 o de 1.304.000 muertos, lo que resulta en una mortalidad total de más del 60%, y una mortalidad masculina de quizás un 90%. Ese número es, también el que utilizó la edición de la Enciclopedia Britannica de 1911, que estimaba que la población paraguaya se redujo de 1.337.439 habitantes a 221.079 sobrevivientes, apenas un 17% de supervivencia. Una opinión parecida es la ofrecida por Boris T. Urlanis, que afirma que la población paraguaya era de un millón de personas, y murieron un total de 300 mil personas, en su mayoría combatientes.

Consecuencias económicas

Más allá de las razones políticas que incitaron a Mitre a participar en la guerra, el general estaba convencido de que tenía la obligación moral de introducir en el Paraguay las instituciones económicas liberales. En 1869, en un discurso, afirmaba que

“Cuando nuestros guerreros vuelvan de su larga y gloriosa campaña…podrá el comercio ver inscritas en sus banderas los grandes principios que los apóstoles del libre cambio han proclamado para mayor gloria y felicidad de los hombres”[/align]

Al año del fin del conflicto, el gobierno paraguayo se vio obligado a contraer su primer empréstito de los bancos británicos, endeudándose en £ 1.438.500, de las cuales llegaron al país unas £ 200.000. El monto inicial fue disminuido posteriormente a alrededor de £ 1.000.000, a cambio de la entrega a los bancos de 300.000 hectáreas de tierra fiscal.

El ferrocarril nacional y las nacientes industrias fueron destruidos o intervenidos por las compañías británicas correspondientes. El propio Conde D’Eu supervisó la destrucción pieza por pieza de la fundición de Ibicuy, que fue posteriormente incendiada e inundada. La producción agrícola fue puesta bajo su control a través de empresarios brasileños y fuerzas militares brasileñas, financiadas por éstos y por los inversionistas ingleses. Esta guerra condicionó en forma permanente el desarrollo ulterior de Paraguay y lo signó, hasta la actualidad, bajo la égida de Gran Bretaña y Estados Unidos

VÍDEOS:

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