Arquídamo


HISTORIA DE LA ANTIGUA GRECIA

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El primer período de la guerra del Peloponeso lleva la denominación de guerra de Arquídamo, por el nombre del rey espartano Arquídamo II, quien mandaba los ejércitos de la Liga peloponesiaca en el comienzo de la guerra. Este período de la guerra se prolongó desde principios de abril del año 431 hasta la paz celebrada entre Atenas y Esparta el 421 a. C.

El plan estratégico de Esparta fue formulado por Arquídamo en un discurso dirigido a los peloponesiacos y a sus aliados. Arquídamo señaló que los ejércitos reunidos bajo su mando representaban el ejército más grande, «un ejército enorme y valeroso». Los atenienses no podían oponerle ni siquiera la mitad de su número a los hoplitas, y hubiera sido una insensatez intentar combatir con el enemigo en campo abierto. Sabiéndolo, Arquídamo quería provocar a los atenienses y atraerlos a aceptar una batalla, contando con su furia «cuando vieran asolada su tierra y destruidas sus propiedades». Por añadidura, Arquídamo alentaba la esperanza de que los atenienses, «entre los cuales había una juventud de las más brillantes familias, y se encontraban mejor preparados que nunca para la guerra, quizá pasaran a la ofensiva, no pudiendo contenerse al ver sus campos arrasados».

Pericles.

Pericles.

En el plan de Arquídamo se percibe la tendencia a privar al grupo de Pericles del apoyo del numeroso campesinado ático que, en el caso de una invasión peloponesiaca se vería privado de sus bienes; el descontento de los campesinos tendría que crear muchas dificultades a la posición de Pericles.

Así, pues, el jefe peloponesiaco quería terminar la guerra de un solo golpe. Solamente en caso de fracasar este plan, entraría en acción la flota paulatinamente preparada de antemano; mas, aún en tal caso, el papel que se le concedía era secundario. Es posible que los espartanos contaran también con la ayuda de los oligarcas atenienses. No sin razón Pericles habíase negado a entrar en negociaciones con el embajador espartano Melesipo, enviado a Atenas antes de la invasión de Arquídamo al Ática; y los atenienses le despidieron «con una escolta para evitar que entrara en comunicación con nadie».

La estrategia ateniense fue expresada en el discurso de Pericles: «El les aconsejó lo mismo que antes; que se prepararan para la guerra y llevaran todas sus cosas a la ciudad; que no salieran a librar batalla, sino que se encerraran dentro de la ciudad y la guardaran, alistando la flota, que era su fuerza, y que no dejaran de tener bajo sus manos a los aliados.» Era ésta la parte defensiva del plan, cuyo propósito, tomando en consideración la enorme superioridad de los peloponesiacos en tierra firme, consistía en enfrentarlos a una guerra de agotamiento, en la que el papel decisivo sería desempeñado por la flota y por el poderío financiero de Atenas. El prolongado bloqueo de las costas del Peloponeso y el embotellamiento del comercio corintio, obligarían al enemigo —de acuerdo con el plan de Pericles— a pedir la paz, tarde o temprano. En este plan, el papel principal debían desempeñarlo las fuerzas atenienses en el mar Jónico. Como ya hemos señalado anteriormente, por allí pasaban los caminos fundamentales del comercio corintio; desde Sicilia, también iban cereales al Peloponeso. Para que el bloqueo tuviera éxito, se necesitaba llevarlo a cabo desde ambos flancos. Y por ello los atenienses «enviaron embajadas, sobre todo a las localidades vecinas al Peloponeso: Corcira, Cefalonia, Acarnania y Zacinto, considerando que de serle éstas firmemente adictas, estarían en condiciones de derrotar al Peloponeso cercándolo».

La mejor confirmación de acierto de este plan la da el reconocimiento de su racionalidad por el principal adversario de Pericles: «Los dueños del mar pueden hacer lo que sólo a veces les es dable hacer a los dueños de la tierra firme: asolar las tierras de los más fuertes; pueden, precisamente, acercarse con los barcos hasta los lugares donde no hay enemigos, o donde los hay pocos; … Si ellos [los atenienses] hubiesen dominado en el mar viviendo en una isla, tendrían la posibilidad de no sufrir nada malo, aun cuando desearan inferir daños a los demás.»

Pericles las conferencias siempre tuvo una respuesta en las almas de las personas.

Pericles las conferencias siempre tuvo una respuesta en las almas de las personas.

Como todo plan militar, el planteamiento táctico de Pericles tenía un carácter bélico y, a la par, político—social. Su aspecto más vulnerable era que sacrificaba los intereses de los campesinos atenienses, cuyas propiedades, en su totalidad, eran despiadadamente destruidas y asoladas. Esta circunstancia determinó el crecimiento de la oposición al curso tomado por Pericles en la Atenas asediada y fue enormemente en detrimento de la capacidad combativa de Atenas en el comienzo de la guerra. El segundo gran defecto del plan ateniense fue el de encomendar a la armada un papel meramente pasivo: el bloqueo del Peloponeso, sin desembarco y sin crear plaza de armas en territorio enemigo. Solamente la democracia esclavista, que llegó al poder durante el curso de la guerra, teniendo a la cabeza a Cleón y a Demóstenes, completó el plan de Pericles incluyendo en el mismo operaciones activas de la flota, lo cual fue, precisamente, lo que determinó la paz de Nicias, favorablemente a Atenas.

Comienzo de las operaciones bélicas

Esparta y aliados, y Atenas y aliados al comienzo de la guerra arquidámica.

Esparta y aliados, y Atenas y aliados al comienzo de la guerra arquidámica.

Durante los primeros dos años, las operaciones bélicas se desarrollaron de acuerdo con los planes estratégicos de las dos partes beligerantes. A mediados de junio del año 431, los ejércitos peloponesiacos invadieron el Ática, los atenienses tuvieron tiempo para poner a resguardo a la gente y a sus pertenencias tras los Largos Muros y en las islas. «Los atenienses… empezaron a hacer entrar, de los campos a la ciudad, a sus mujeres y a sus hijos, y a acarrear los enseres restantes; la hacienda menor y las bestias de carga las transportaron a Eubea y otras islas adyacentes, y desarmaron incluso las partes de madera de sus casas.» Los peloponesiacos se dirigieron, dejando de lado Enoé, a través de Eleusis, hacia la llanura Triásica, orientándose hacia el mayor de los demos atenienses, Acames. El cálculo de Arquídamo era sencillo; había querido provocar a los atenienses a dar batalla. La amenaza de devastación del Ática debía —a su entender— obrar con más fuerza sobre los atenienses que la misma devastación, pues, después de haber sido destruidos sus bienes, los atenienses ya no tendrían qué perder, de manera que, sin duda, se encerrarían tras los muros de la ciudad. Cuando la política de expectativa adoptada por Arquídamo no surtió el efecto deseado, él mismo inició la devastación del Ática, y, en especial, de la región de Acames. Este demos se hallaba situado a unos nueve kilómetro de distancia de Atenas, de modo que los de Acames, ubicándose en las murallas de la ciudad, veían claramente cómo iba siendo destruida su propiedad. La cantidad de hoplitas que Acames enviaba al ejército de Atenas llegaba a 3.000 hombres, y es fácil imaginarse la indignación de los mismos antes la inactividad del dirigente ateniense, Pericles.

Para tener una noción cabal del significado económico—social de los perjuicios ocasionados por la invasión del Ática por Arquídamo, es necesario prestar atención a dos detalles. En primer lugar, no obstante el considerable desarrollo de los oficios de artesanía y del comercio, aún en la época de Pericles, «al igual que en los tiempos antiguos y también en los posteriores, hasta la guerra del Peloponeso, la mayoría de los atenienses han nacido y vivido, con sus familias, en sus campos, obedeciendo a la tradición; por ello no les resultó fácil evacuar sus casa, con todo lo que tenían, sobre todo porque hacía poco tiempo que, después de las guerras médicas, habían recobrado sus posesiones y se habían instalado en ellas». El final de esta cita podría parecer algo exagerado por parte de Tucídides, pues desde la última derrota de Jerjes había transcurrido ya medio siglo. Sin embargo, no se han de olvidar las particularidades de la economía agropecuaria del Ática. En lo fundamental, sus habitantes se ocupaban no en los cultivos agrícolas propiamente dicho, sino en plantaciones en la viticultura y la olivicultura, que requieren la labor de muchos años hasta poder recoger los primeros frutos.

Basta recordar el célebre cuadro que describe el ideólogo del campesinado ático, Aristófanes. El oráculo Anfiteo trae, dentro de tres vasijas, tres variantes de tratados de paz de Lacedemonia. Al enterarse, los acarneses lo acosan:

«Gruesa, antigua, fuerte, intratable,

Pétrea es la gente, los guerreros de Maratón

Y gritaron a voz en cuello: “¡Ah, pillo,

Tú trajiste la paz, pero nuestros viñedos

Están todos pisoteados!”.»

Al conocer las tres variantes de tratados de paz por cinco, diez y treinta años, el héroe de la comedia, Dikeópolos, declara que el primero huele a brea y a reclutamiento militar (alusión al servicio en la armada y en el ejército), el segundo tiene el resabio a embajadores, y el tercero tiene aroma y sabor de ambrosía y néctar. La escena termina con las palabras de Dikeópolos:

«Lo tomo, lo escancio y lo bebo;

¡Y los acarnenses, que se hundan!

Libre de la guerra y de sus preocupaciones,

Regresaré a mi casa para festejar las Dionisiacas.»

De manera que la destrucción de las tierras dedicadas a las plantaciones debía llenar de amargura los corazones de los campesinos que se habían refugiado tras los inexpugnables muros de Atenas. No obstante, postergando la convocatoria de la asamblea popular, Pericles contuvo durante mucho tiempo el descontento de los hoplitas reclutados en los demos rurales, salvando así de hecho al ejército ateniense de un indudable desastre. Habiendo permanecido en el territorio del Ática cerca de un mes, los peloponesiacos se vieron forzados a retirarse de Acames a través de Oropos y de Beocia, después de lo cual licenciaron a los contingentes aliados y regresaron a sus casas.

En el año siguiente, 430, la invasión se repitió con la sola diferencia de que Arquídamo entró en el Ática a comienzos de junio, y desde Acames dobló hacia el sudeste, en dirección a las minas del Laurión. Durante esa campaña de verano, los peloponesios permanecieron en el Ática, como máximo, cuarenta días. Pero esta vez las depredaciones fueron considerablemente mayores que en el año anterior. Así y todo, tampoco ahora salieron los hoplitas atenienses al encuentro de sus enemigos.

Durante los primeros dos años de la guerra, las operaciones activas de los atenienses, de acuerdo con el plan de Pericles, tuvieron lugar principalmente en el mar. En el verano del año 431 una poderosa escuadra compuesta de 100 trieres atenienses, 50 corcirias y algunas jónicas asoló el litoral del Peloponeso. También en las aguas jónicas tuvo un éxito rotundo la escuadra ateniense: fue tomada la colonia corintia de Solios, en la Acarnania, con lo cual se interrumpían las comunicaciones por tierra firma entre Corintio y la región noroeste, y se lograba la adhesión a Atenas de las cuatro polis de Cefalonia. La isla de Zacinto, estratégicamente muy importante, hacía tiempo ya que se había plegado a los atenienses. Esta adhesión de Cefalonia y Zacinto era tanto más significativa cuanto que se trataba de colonias de Corinto, dorias por su composición. Posiblemente influyera en ello el ejemplo de Corcira, la que, no obstante sus vínculos de parentesco con los peloponesiacos, también había entrado a formar parte de la Liga marítima ateniense. Una de las medidas importantes tomadas por los atenienses, fue la de expulsar de su isla a los eginetas. Todo Egina fue literalmente «limpiada» de sus anteriores habitantes, distribuyéndose las tierras entre 2.700 clerucos atenienses.

Al año siguiente, una poderosa armada ateniense, que llevaba a 4.000 hoplitas e incluso tropas de caballería, se hizo a la mar bajo el mando del propio Pericles. La flota estaba compuesta de 100 trieres de Atenas y 50 de Quíos y Lesbos. Fueron asoladas las tierras peloponesiacas alrededor de Epidauro, Trecene, Hermión y, además, Prasias, en la Laconia. En el invierno del año 429 también fue tomada Potídea, tras grandes dificultades.

En general, los atenienses habían obtenido en el Norte considerables éxitos políticos durante los primeros dos años de guerra. Lograron atraerse no pocas polis tesaliotas. Además, acordaron una alianza con Sitalcés, rey de la más grande tribu tracia, la de los odrises, y se aseguraron su ayuda militar contra Calcidia. Mediante la cesión de la región de Terme al rey macedonio Pérdicas, los atenienses lograron atraerlo a su Liga, de la cual fue miembro.

De esta manera, desde el punto de vista militar, ninguna de las partes logró, durante los primeros dos años de guerra, éxitos decisivos, y, en general, la guerra se desarrollaba de acuerdo con las previsiones de Pericles.

Caída de Pericles

El Imperio consumado

El Imperio consumado

Aún así, dos hechos vinculados entre sí empeoraron en grado considerable la situación de Atenas y la de Pericles. El primero fue la afluencia a Atenas de los fugitivos de toda el Ática. Un pintoresco relato de Tucídides muestra claramente las calamidades que tuvieron que soportar los habitantes: «Una vez que llegaron a Atenas, se encontró alojamiento sólo para unos pocos; alguno que otro fue acogido entre amigos o parientes, pero lo más se establecieron en los solares deshabitados de la ciudad, en todos los santuarios de dioses y de héroes. Por el apremio de tan aguda necesidad, fue poblado el llamado Pelasgicón, situado al pie de la Acrópolis, y no habitado a causa de un sortilegio… Muchos se instalaron en las torres de las murallas, y donde y como pudieron; la ciudad no podía dar cabida a todos los que se habían reunido en su interior, y, posteriormente, ocuparon incluso los Largos Muros, repartiéndose los lugares, y también la mayor parte del Pireo.» Acerca del hacinamiento de la población en Atenas habla también Aristófanes.

«¡Vaya un amor! Pues lo estás viendo, que hace ya ocho inviernos

que se vive en la estrechez,

En subterráneos, en toneles, en torres húmedas,

en sótanos y en nidos de buitres y gavilanes.»

El segundo hecho era que la situación interna de Atenas se complicó en el segundo año de la guerra, por una terrible epidemia de peste bubónica que se desencadenó en la capital, superpoblada hasta el extremo. La peste, proveniente de Persia, apareció primeramente en el Pireo y luego en Atenas. El hacinamiento de la población, las condiciones insalubres, la falta de preparación de las autoridades atenienses para recibir y ubicar a los fugitivos del Ática intensificaron la calamidad. «El éxodo desde los campos a la ciudad acrecentaba el sufrimiento de los atenienses, sobre todo el de los propios refugiados. Y como no alcanzaban las casas, y en verano vivían en chozas estrechas y sofocantes, morían en medio del mayor desorden: los moribundos, cual cadáveres, yacían unos sobre otros, o se arrastraban, más muertos que vivos, por las calles y alrededor de las fuentes, atormentados por la sed. Los santuarios en los cuales se habían instalado los asilados, en tiendas, estaban llenos de cadáveres, porque la gente moría allí mismo.

Destrucción del Imperio

Destrucción del Imperio

La epidemia se prolongó durante dos años, y tras una breve interrupción, durante otro año más. De la enorme mortandad de la población da testimonio el hecho de que de los 27.000 hoplitas habían perecido 4.400 debido a la peste, esto es, un 16 por 100. En el destacamento de hoplitas que fue a Potídea, en el lapso de 40 días murieron unos 1.500 de los 4.000 enviados. La considerable disminución del número de ciudadanos atenienses imposibilitaba a los hoplitas salir al campo de batalla y, simultáneamente, debido a la merma de los remeros, reducía sensiblemente las posibilidades de la armada de cumplir operaciones activas.

Estas desgracias, que cayeron inesperadamente sobre Atenas, provocaron esenciales variaciones en la relación de fuerzas que componían la ecclesia. Aquella estable mayoría del demos sobre la que se apoyaba Pericles se había reducido en grado muy sensible. Empezaron a intensificar su actividad los oligarcas que aún no habían perdido las esperanzas de llegar a un acuerdo con Esparta; además, los campesinos del Ática, privados de la totalidad de sus bienes, rebosaron de ánimos acerbos contra Pericles, al que acusaban de ser culpable de las desgracias que se habían descargado sobre ellos. Como consecuencia de todo ello, Pericles fue castigado con una gruesa multa en dinero, y al año siguiente ya no se le reeligió con estratega. En agosto del año 430 fueron enviados embajadores atenienses a Esparta, mas las condiciones de paz ofrecidas por ésta eran excesivamente ásperas, y las negociaciones fueron interrumpidas. Y aun cuando al año siguiente los ánimos del demos habían cambiado y Pericles fue nuevamente elegido como estratega, la lucha política en Atenas adquirió formas más agudas y tensas. Después del fallecimiento de Pericles, atacado por la peste (septiembre del 429), el demos ateniense quedó sin su dirigente reconocido. Este hecho agudizó más aún la lucha política en Atenas. Ciertamente, la aristocracia esclavista se abstuvo de intervenir activamente en política, disimulando sus ánimos laconófilos y limitándose a atacar a la democracia esclavista con panfletos calumniosos (del tipo de la Política ateniense seudojenofontiana). En cambio, fueron manifestándose con mayor agudeza las contradicciones en el interior del demos, desarrollándose la lucha entre dos corrientes fundamentales: la moderada, que se apoyaba sobre los grandes esclavistas, encabezados por Nicias, y la radical, que representaba las aspiraciones de los círculos interesados en el mantenimiento y ampliación de la arqué, encabezados por Cleón.

El asedio a Platea

Reconstrucción idealizada de la ciudad de Platea  y de la circunvalación espartana

Reconstrucción idealizada de la ciudad de Platea
y de la circunvalación espartana

Los primeros años de guerra demostraron la invulnerabilidad militar de Atenas en tierra firma. Los fines directos e inmediatos de las dos primeras campañas contra el Ática, en los años 431 y 430, que se caracterizaron por la destrucción de las viejas plantaciones, habían sido satisfechas en lo fundamental. Pero Atenas seguía siendo igualmente inaccesible para el adversario. Además, la terrible epidemia que agotaba al Ática provocaba serios temores entre los peloponesios. En vista de todas estas circunstancias, los planes militares de Esparta y de sus aliados debieron sufrir algunas variantes. Durante el año 429, sus ejércitos no invadieron al Ática. En los siguientes años de la guerra de Arquídamo, lo hicieron sólo en dos oportunidades: en el año 428, bajo el mando de Arquídamo, limitándose a asolar la rica llanura Triásica; y en el año 427, cuando la expedición al Ática fue primordialmente provocada por el deseo de prestar apoyo a Mitilene, que se había sublevado. A partir de entonces, y a lo largo de 15 años —hasta la misma guerra de Decelia—, el Ática no sufrió ninguna invasión directa del enemigo.

Habiendo perdido las esperanzas de derrotar a los atenienses con un solo golpe decisivo, los espartanos fijaron su atención en teatros secundarios de operaciones bélicas, calculando tener éxito siquiera en esos puntos. Uno de ellos era Platea. Esta pequeña polis, si bien estaba rodeada de altas murallas, contaba tan sólo con 400 guerreros capaces de combatir. La importancia de Platea residía en su condición de puesto avanzado ateniense en Beocia, donde constituía una amenaza constante en las vías de comunicación entre Tebas y el ejército peloponesiaco invasor. Los plateos, después de la victoria sobre Jerjes, «gozaban de la protección de todos los helenos», mas siempre se inclinaron por una alianza con Atenas, pues temían una agresión por parte de Tebas. Y precisamente contra esa diminuta polis avanzó en el año 429 el ejército de Arquídamo, compuesto de 60.000 hoplitas. El asedio de Platea, descrito detalladamente por Tucídides, ofrece gran interés desde el punto de vista técnico militar, por lo cual nos detendremos en él con más minuciosidad.

Toda la ciudad fue cercada con una empalizada de madera y un terraplén, que fue elevado ininterrumpidamente durante 70 días y noches para que superara en altura el nivel de las murallas de la ciudad sitiada. Pero los plateos fueron elevando simultáneamente su muralla, paralela a la valla enemiga. Además, los sitiados socavaban constantemente esa valla y llevaban la tierra al interior de la ciudad, de manera que el terraplén perdía altura. Como precaución complementaria, en el interior de la ciudad erigieron otra muralla más. Las tentativas de romper las murallas de Platea por medio de arietes fueron paralizadas con enormes troncos de árboles que eran fijados con cadenas de hierro a la parte superior de las murallas. Los troncos eran proyectados contra los arietes de los sitiadores, rompían sus partes delanteras y eran izados con las cadenas. Viendo la inutilidad de sus tentativas, los peloponesiacos resolvieron desalojar a los plateos a fuerza de humo. Tal recurso tenía probabilidades de éxito, puesto que el área de la ciudad era bastante pequeña. Habiendo llenado de haces de ramaje seco todo el espacio comprendido entre el terraplén y las murallas, los peloponesiacos les prendieron fuego. «Se levantó una llamarada tal, como nadie había visto nunca hasta aquel momento, al menos producida por las manos del hombre.» Pero la casualidad quiso que una lluvia torrencial anulara también este peligro. Inmediatamente después decidieron los peloponesiacos levantar baluartes de asedio en torno a Platea, dejando en ellos una guarnición para continuar el sitio; todo el resto del ejército fue licenciado y hecho regresar a sus casas. Fueron sitiados 400 plateos, 80 atenienses y 110 mujeres, que se habían quedado en la ciudad voluntariamente. Todos los esclavos fueron evacuados de Platea, al parecer para evitar una posible traición. Los ancianos, los niños y la mayor parte de las mujeres habían sido anteriormente trasladados a Atenas. Así y todo, debió pasar mucho tiempo aún antes de que los peloponesiacos pudieran apoderarse de la ciudad, valientemente defendida. En el invierno, la mitad de la guarnición sitiada, unos 220 hombres, aprovechando el mal tiempo, hicieron una salida empleando escaleras preparadas de antemano. Subieron las murallas y, dando muerte, protegidos por la oscuridad de la noche, a un considerable número de sitiadores, se abrieron camino, primero a Tebas y luego hacia Atenas, adonde llegaron sanos y salvos.

En pleno verano del quinto año de la guerra, tras un asedio de dos años, los 200 plateos y 25 atenienses que habían quedado en la ciudad se rindieron a los lacedemonios y fueron ejecutados sin excepción, siendo las mujeres vendidas como esclavas. La ciudad fue literalmente arrasada —llevada a ras del suelo— por los espartanos.

El asedio de Platea pone en evidencia la imperfección de la técnica de asedio que se practicaba en aquel tiempo, e ilustra mejor aún la total inaccesibilidad, para el ejército peloponesiaco, de Atenas, que poseía al Pireo. La prolongada defensa de Platea volvió a demostrar convincentemente que la estrategia de la Liga del Peloponeso se encontraba en un callejón sin salida.

Guerra civil en Lesbos y Corcira

De esta manera, el desarrollo de las operaciones bélicas de los peloponesiacos durante los dos años y medio que siguieron a la muerte de Pericles, volvió a demostrar la invulnerabilidad de Atenas. Esta incluso ensanchó su esfera de influencia en el Occidente, en la Acarnania y en las islas Jónicas. Sin embargo, el plan de Pericles, en su aspecto ofensivo, no había alcanzado ni mucho menos el efecto esperado por los atenienses. El bloqueo del Peloponeso era realizado con bastante intensidad, mas no hasta un punto que forzara al enemigo a capitular. Cierto es que entre los aliados y Esparta había comenzado a manifestarse alguna fatiga. Así, por ejemplo, Tucídides dice que los peloponesiacos «ya no sentían deseos de ir a la guerra», pero, aun así, sin operaciones bélicas más arriesgadas, como un desembarco en el mismo Peloponeso, los atenienses no podían contar con un triunfo. Además, la situación interna en la arqué había empeorado bruscamente en aquel tiempo. Durante el cuarto, y sobre todo el quinto año de la guerra, los oligarcas de las polis sometidas a Atenas, persuadidos ya de la inexpugnabilidad militar de ésta, comenzaron a intervenir abiertamente, armas en mano, en favor de la Liga del Peloponeso. Si a principios de la guerra los choques habían asumido, en lo fundamental, un carácter político exterior, siendo determinados, en primer lugar, por el antagonismo espartano—ateniense, ahora las operaciones militares adquirían otro cariz. Comenzó a desempeñar un papel primordial la lucha política interna entre la oligarquía y la democracia, lo cual se manifestaba habitualmente en forma de guerra civil en las polis aliadas a Atenas.

Los oligarcas escogieron como primer punto donde alzarse contra el poder soberano de la ecclesia ateniense «al hermoso país del vino y de las canciones», Lesbos. Esta isla, situada en el extremos nordeste del mar Egeo, y cuya superficie es de unos 2.400 kilómetros cuadrados, con una población que llegaba a unos 150.000 hombres, es la más grande y opulenta de todo el archipiélago. A diferencia de la mayoría de los miembros de la arqué, Lesbos, al igual que Quíos, gozaba de cierta autonomía y disponía de su propia armada. No representaba a un Estado unido. Existían en la isla varias polis independientes. En la parte norte se encontraba Metimna, en la que imperaba el régimen político democrático. En el sudeste estaba situada la polis más grande de Lesbos, Mitilene, en la que gobernaban los oligarcas. Las restantes poblaciones de la isla —Antisa, Arisba, Pirra y Eresos— gravitaban políticamente hacia Mitilene. La población de Lesbos se hallaba muy vinculada por lazos de parentesco con los beocios, y su aristocracia mantenía vínculos políticos con los oligarcas tebanos.

Desde los comienzos de la guerra, las tendencias separatistas de Mitilene se intensificaron considerablemente, y la aristocracia local emprendió serios preparativos para una rebelión. Empezaron a rodear los puertos con represas y a fortificar las murallas, equiparon naves, contrataron arqueros en la organización de un sinoicismo coactivo con los demás pobladores de la isla. Además, se dieron a la búsqueda, oficialmente, de un contacto con la Liga del Peloponeso.

A la vista de estos hechos, los atenienses retuvieron en su puerto 10 trieres mitilenias y enviaron a Mitilene 40 barcos equipados para efectuar operaciones alrededor del Peloponeso, bajo el mando de Cleipides. Pero los mitilenios fueron puestos sobre aviso y tomaron medidas de precaución. Cleipides no se animó a atacar abiertamente a la ciudad. Las negociaciones no dieron ningún resultado, y los mitilenios enviaron una triere a Lacedemonia pidiendo auxilio. Ni Cleipides ni los rebeldes iniciaban operaciones activas, esperando ayuda: el primero de Atenas, los segundos de Lacedemonia. Sin embargo, algo más tarde, los atenienses, reforzados por algunos destacamentos aliados, cerraron por mar los dos puertos de Mitilene.

En el ínterin, los embajadores mitilenios llegaron a Lacedemonia, siendo invitados por los espartanos a asistir a los festejos en Olimpia, donde tenía lugar la consulta confederal del Peloponeso. Habiendo presentado la situación de los atenienses con colores muy lóbregos, los embajadores subrayaron el agotamiento de los recursos de Atenas e instaron a Esparta a enviar un ejército auxiliar a Lesbos y a invadir simultáneamente al Ática por tierra y por mar. La propuesta fue aceptada por los espartanos.

Guerrero Espartano

Guerrero Espartano

Pero la movilización declarada por sus aliados avanzó con extrema lentitud, pues se dirigieron al istmo solamente los espartanos, a cuyo encuentro partieron 100 trieres atenienses. Otras 100 naves de Atenas estaban asolando el litoral de la Laconia, lo cual forzó a los espartanos a retirarse inmediatamente a sus lares. Solamente con un gran retraso, a finales de mayo del año 427, 40 barcos peloponesiacos fueron enviados a Lesbos. Para ese entonces, el estratega ateniense Paqués, habiendo arribado a la isla con 1.000 hoplitas, ya había cercado a Mitilene con un muro y puesto sitio a la ciudad, por tierra y por mar.

Sin esperar a la escuadra peloponesiaca, que avanzaba con excesiva demora, los oligarcas mitilenios se vieron obligados a armar al demos con el fin de defender a la ciudad. Pero el demos, al conseguir las armas, se sublevó y exigió la distribución de los cereales de manera equitativa entre todos los ciudadanos, amenazando, en caso contrario, entregar la ciudad a los atenienses. Temiendo una sublevación de todo el pueblo, los oligarcas prefirieron el poder de los atenienses, y capitularon a comienzos de julio del año 427, entregándose a Paqués, quien envió a 1.000 de ellos prisioneros a Atenas. La escuadra peloponesiaca, que llegó después de la capitulación de Mitilene, no se atrevió a encontrarse con los atenienses en el mar, y regresó al Peloponeso.

El castigo que debería aplicarse a los mitilenios provocó grandes discrepancias en la ecclesia ateniense. En la primera reunión (agosto del 427), a propuesta de Cleón, hijo de Cleainetos, se resolvió ejecutar no sólo a los oligarcas enviados por Paqués a Atenas, sino a todos los pobladores de Mitilene; las mujeres y los niños debían ser vendidos como esclavos. Sin embargo, en la segunda reunión la cuestión volvió a ser planteada con el propósito de someterla a una consideración más detenida, y, no obstante la oposición de Cleón, la ecclesia resolvió, por una insignificante mayoría de votos, ejecutar solamente a 1.000 aristócratas, demoler las murallas de Mitilene y privarla de la flota. Las tierras de Lesbos fueron repartidas (salvo las de Metimna, fiel a Atenas) entre los 2.700 clerucos atenienses. Los lesbios pagaban anualmente a los clerucos la cantidad de 54 talentos.

Acontecimientos análogos a los de Mitilene se desarrollaron en Corcira, donde los disturbios se habían iniciado al regresar de Corinto los aristócratas hechos prisioneros en las batallas de Epidamne y de las islas de Sibota. Al comienzo de la guerra, los corcirios habían resuelto mantener su alianza defensiva con los atenienses, pero sin declarar guerra alguna a la Liga peloponesiaca. Mas los oligarcas organizaron una conjuración, dieron muerte al cabecilla del partido proateniense, Pitias, y a otros 60 demócratas, de los cuales sólo unos pocos dirigentes lograron huir a Atenas. Los oligarcas, una vez en el poder, declararon primeramente que Corcira se atendría a una neutralidad armada con respecto a ambos beligerantes. Pero después de la llegada de una triere corintia y algunos embajadores espartanos, fue organizado un segundo ataque a los demócratas. Los combates continuaron varios días. «Ambos bandos enviaron heraldos a los campos circundantes para llamar en su ayuda a los esclavos, con la promesa de la libertad. La mayoría de ellos se plegó a los demócratas, en tanto que a los aristócratas sólo les llegaron unas 800 personas desde el continente.» La tenaz lucha terminó con el triunfo de los demócratas.

Esto provocó la intervención armada de las dos partes en guerra, puesto que Corcira era la llave de todo el archipiélago jónico. Los peloponesiacos enviaron a Corcira 53 trieres, y los atenienses 11 primero y otras 60 después, lo cual hizo retroceder a aquéllos.

Tras el arribo de la segunda escuadra ateniense, los demócratas corcirios comenzaron a vengarse de los oligarcas y sus partidarios. «Pero también cayeron algunos víctimas de enemistades privadas y otros murieron a maños de sus acreedores.» Parte de los oligarcas expulsados se fortificaron en Istone (un cerro al sur de la ciudad de Corcira). La lucha entre los ciudadanos y los expulsados se prolongó durante muchos tiempo, hasta que arribó a la isla, en el año 425, una fuerte escuadra ateniense, que iba camino a Sicilia. Con la ayuda de los atenienses, los demócratas atacaron la fortificación de Istone y la tomaron por asalto. Todos los prisioneros fueron muertos, y las mujeres, convertidas en esclavas. Como conclusión, Tucídides constata melancólicamente: «Este fue el final de las enconadas luchas intestinas, al menos por la duración de esta guerra, pues lo que quedaba del otro bando [el de los oligarcas] no es digno de mención.»

Los acontecimientos de Corcira y de Mitilene guardan entre sí muchos rasgos de semejanza, pero también otros tantos que los diferencian. Anotemos, en primer lugar, que la lucha político—social más encarnizada se presenta, precisamente, en las polis más desarrolladas y adelantadas. En esto reside el lado débil de toda la democracia esclavista. Y en esto se encierra también una de las causas de la derrota final de Atenas. Lo común de los acontecimientos de Lesbos y de Corcira es que la iniciativa, tanto en una como en la otra, estuvo en manos de los oligarcas. En las dos polis los oligarcas acudieron a Esparta en busca de ayuda, al tiempo que los demócratas se orientaron hacia Atenas. «En cuanto a los aliados, entre ellos la muchedumbre, también persigue, con malintencionadas calumnias y odios, a los nobles», escribe el autor de la seudo—jenofontiana Constitución de Atenas, de inspiración aristocrática, al parecer, bajo la impresión de los acontecimientos que hemos considerado.

Si durante el primer período de guerra, los oligarcas, en la esperanza del pronto triunfo de Esparta, a su criterio inevitable, estaban en una serie de polis animados de paciente espera, ahora, en cambio, se colocaron abiertamente en el camino de la rebelión y, en primer lugar, buscaron la ayuda del Peloponeso. El apoyo social de la aristocracia mitilenia era sumamente reducido. De hecho, su poder se mantenía no debido a la confianza de la mayoría de los ciudadanos, sino únicamente a que el demos mitilenio carecía de hoplitas. La base social de la oligarquía corciria era más reducida aún: la misma trataba de adueñarse del poder por vía de conjuraciones, creyendo posible retenerlo sólo con el apoyo de las fuerzas armadas de los peloponesiacos. Y es preciso tener en cuenta que los corcinos, dorios por su origen, según el punto de vista de los conceptos de los antiguos helenos, debían sentirse ajenos a Atenas y cercanos a Esparta.

La descripción de los acontecimientos de Corcira, que nos suministra Tucídides, proporciona algunos rasgos, pequeños pero interesantes, que caracterizan la composición social de los oligarcas. En primer lugar, figuran la nobleza de abolengo y los individuos adinerados: los usureros, los grandes propietarios de barcos, los grandes terratenientes y los poseedores de gran número de esclavos. Lo exacerbado de la lucha política en Corcira, tan minuciosamente descrita por Tucídides, no puede explicarse sólo por las rivalidades tribales o raciales; el papel decisivo lo desempeñaban las clases sociales: el bajo pueblo explotado ajustaba cuentas con sus opresores.

Es de excepcional importancia el testimonio que hemos citado sobre la participación de los esclavos en la guerra civil de Corcira. En general, estamos informados deficientemente acerca de los ánimos reinantes entre los esclavos griegos en el siglo v, y menos aún acerca de su participación, directa o indirecta, en la lucha político—social de aquellos tiempos. Se desprende con claridad de las palabras de Tucídides que, en primer lugar, había en Corcira una cantidad bastante considerable de esclavos; en segundo lugar, y como era de esperar, los mismos estaban concentrados en los campos y, en consecuencia, se hallaban ocupados en la cosecha (a mediados de agosto); en tercer lugar, la «mayoría de los esclavos se plegó a los demócratas», puesto que sus explotadores principales, al parecer, formaban parte de la agrupación oligárquica. Finalmente, en cuarto lugar, la mayoría de los esclavos fue atraída hacia el lado de los demócratas mediante la promesa de la libertad. Sin embargo, aún en este caso los esclavos no eran más que peones en el tablero ajedrecístico que tenían en sus manos las clases dominantes. Todo el contexto de Tucídides da testimonio no del papel autónomo de los esclavos, sino de la tensión de esa lucha civil, puesto que aquéllos estaban fuera de la sociedad ciudadana; y el hecho mismo de haber recurrido los ciudadanos a su ayuda, parecía a los contemporáneos algo fuera de común.

Recrudecimiento de la lucha político—social en Atenas

Atenas

Atenas

Aún no hemos tocado la importantísima cuestión de la lucha interna en Atenas, durante los tensos acontecimientos del año 427. Pero es necesario echar previamente una mirada sobre el estado de las finanzas atenienses. Tucídides señala, en uno de los discursos de Pericles, la riqueza del tesoro del Estado, como factor decisivo en los planes militares: «La fuerzas de los atenienses se fundamenta en la afluencia de dinero de parte de los aliados, y en la mayoría de los casos, en la guerra suelen vencer la sensatez y la abundancia de dinero.» En efecto, al comenzar la guerra, había atesorados en Atenas una cantidad no menor de 9.000 talentos y otros valores. Además, los atenienses habían recibido, durante el primer quinquenio de la guerra, como mínimo unos 3.000 talentos en concepto de foros de sus aliados.

Sin embargo, los gastos durante los primeros años de la guerra supusieron casi por completo esa suma, enorme según la escala de los griegos. El asedio de Potídea costó 2.000 talentos. La sola manutención de la flota llegaba a la suma de 1.000 talentos anuales. De esta manera, el fisco ateniense se encontraba en una situación que distaba mucho de ser lo que se dice «brillante», al tiempo que las operaciones bélicas, que estaban prolongándose, requerían recursos complementarios.

Tanto en el ámbito financiero como en el estrictamente militar, las medidas decisivas estaban a la orden del día. Ya durante la expedición a la ciudad de Mitilene, los atenienses se habían decidido a adoptar una medida totalmente extraordinaria para aquellos tiempos, como lo era la implantación de un impuesto directo, por una sola vez, sobre los bienes de los ciudadanos. «Los mismos atenienses oblaron entonces, por vez primera, en calidad de impuesto directo (éisfora), doscientos talentos.» La éisfora constituyo un impuesto directo para las necesidades de la guerra, introducido por una resolución especial de la ecclesia. Era cobrado a los ciudadanos de las tres primeras clases establecidas en su tiempo por Solón, en función de sus ingresos. La cobranza de este impuesto era cedida en arriendo. Al mismo tiempo, Atenas había equipado «para enviarlas a los aliados, doce naves encargadas de recaudar el dinero, al mando del estratega Lisicles, con catorce compañeros suyos».

Recorrió las tierras de los «aliados de Atenas» en el Asia Menor, recaudando dinero. Sucumbió más tarde, junto con otros muchos guerreros atenienses, en la llanura del Meandro, durante un ataque de los carios. La misma suerte corrió, antes, otro recaudador de tributos entre los «aliados», Melesandro.

Sin embargo, tanto la éisfora como la recaudación de dinero por Lisicles no eran más que una gota de agua en el mar de los gastos militares.

La cuestión financiera se complicaba aún más por el hecho de que, además de la necesidad de llenar el exhausto tesoro del Estado para poder activar las operaciones de guerra, frente a Atenas se erguía otro problema de importancia no menos que los asuntos bélicos: el de alimentar a la plebe urbana y a los campesinos empobrecidos que habían afluido a la ciudad desde todas parte del Ática. Las decisiones sobre «los aliados sublevados» eran tomadas por los dirigentes del demos, tomando en consideración todas las circunstancias anotadas. Así, por ejemplo, como ya hemos señalado, de acuerdo con el decreto final de la ecclesia sobre la cuestión de Mitilene, se preveía la distribución de todo el territorio de Lesbos (excepto el de Metimna) entre 2.700 clerucos atenienses. En este caso, no se trataba de clerucos del tipo habitual, de los que se trasladaban por sí mismos al nuevo territorio, disponiendo a su propio entender de las parcelas ocupadas. «Los propios lesbios cultivaban su tierra y debían ir pagando, en dinero contante, dos minas anuales por cada lote.» Resultaba así que la cleruquía no lo era más que nominalmente. Los propietarios de los lotes lesbios —los atenienses— podían permanecer en Atenas, pero unos 3.000 ciudadanos, más o menos, obtenían ingresos complementarios de dos óbolos por día.

Pericles había logrado dirigir tanto tiempo (durante 15 años enteros) la ecclesia, siempre tumultuosa y vacilante, ante todo porque, por una parte, él gozaba de la absoluta confianza de las amplias masas del demos en su condición de luchador contra el sistema oligárquico, y por otra, él mismo se hallaba socialmente vinculado con los círculos aristocráticos. Perteneciendo, por su origen, a la estirpe de los Alcmeónidas, siendo él mismo bastante acaudalado, Pericles imponía confianza a muchos de los aristócratas a los cuales eran caros los intereses estatales de Atenas. También reconciliaba a los aristócratas con el dominio de Pericles el hecho de que él fuera alejándose más y más del sistema democrático. Tucídides caracteriza muy acertadamente su gobierno: «De nombre, aquello era una democracia, pero, de hecho, el poder pertenecía al primer ciudadano.» Plutarco dice: «Tampoco lo confundía el hecho de que siempre se lo molestara con reproches a muchos de sus propios amigos…, que los coros entonaran canciones sarcásticas avergonzándolo y denigrándolo por su método de llevar la guerra.»

Sólo la devastación del Ática por Arquídamo y la terrible peste bubónica socavaron temporalmente la confianza depositada en Pericles. Los ataques que le eran dirigidos, partían de dos lados. En primer lugar, los aristócratas de ánimos laconófilos actuaban bajo la divisa de «paz con Esparta». En lo que toca a la popularidad de tal divisa, a su fuerza atractiva, incluso en los círculos no aristocráticos, puede hallarse testimonio en la pieza Los Arcanenses, de Aristófanes. ¡Qué feliz se siente Dikeópolos, que ha hecho la paz, él solo, con los espartanos (1069—1234), en comparación con el desdichado derrotado guerrero Lámaco!

Por otra parte, los campesinos del Ática y la gente sencilla de Atenas, sobre cuyos hombros había caído el peso principal de la guerra, también comenzaron a manifestar enérgicamente su descontento respecto a Pericles. Este descontento desde dos lados es brillantemente caracterizado por Tucídides: «Los atenienses, en su política, seguían los sugerido por él [por Pericles] …; mas en su vida privada, les afligían las desgracias: a la gente sencilla, por haber perdido lo poco que poseía, y a los ricos, por haberse visto privados de sus espléndidas posesiones, que consistían en hermosas casas situadas en los territorios del Ática, habían perdido instalaciones de alto valor y, más que todo, porque en lugar de paz tenían guerra.»

A pesar de que no puede ponerse un signo de igualdad entre la oposición oligárquica y los ánimos de las amplias masas campesinas, ambos grupos representaban las partes componentes, por decirlo así, de «la oposición desde la derecha». Además de esta que, como es claro, no podía prevalecer en la ecclesia ateniense, existía otro grupo social más, no menos peligroso para el poder de Pericles. Era el de los círculos del demos cuyos intereses económicos dependían del poderío de la arqué: los artesanos y los mercaderes que se ocupaban de la exportación, «la plebe náutica», los ciudadanos que trabajaban en la construcción de templos, la masa de los clerucos, etc. Como dirigente reconocido de estos grupos se iba imponiendo gradualmente Cleón, quien desempeñó un papel bastante considerable en la decadencia de la autoridad de Pericles. Plutarco considera completamente verosímil que incluso el último proceso judicial incoado contra Pericles fuera tramado precisamente por Cleón. Acerca de los recelos de Pericles dan testimonio también los versos de Hermipo:

«Apenas llegas [Pericles] a ver cómo el puñal

Comienza a ser aguzado en la piedra de esmeril,

Y cómo brilla la aguda hoja, te pones a aullar, temiendo

La ira relampagueante de Cleón.»

También Tucídides alude a las acciones conjuntas de los ricos terratenientes y del bajo pueblo contra Pericles, y caracteriza así los ánimos de los atenienses durante los primeros años de la guerra: «… mas, en su vida privada, les afligían las desgracias; a la gente sencilla (demos), por haber perdido lo poco que poseía, y a los ricos (dunatoi), por haberse visto privados de sus espléndidas posesiones…».

De esta manera, la condena temporal de Pericles fue, al parecer, el resultado de una coalición opositora «desde derecha e izquierda». Sin embargo, el bloque de estos dos grupos, de los cuales uno exigía la paz y el otro pugnaba en favor de una activación de las operaciones bélicas, no podía ser duradero. La caída, y luego la muerte de Pericles, se convirtieron en el preludio de una encarnizada lucha política en la ecclesia.

La mayoría del demos, con cuyo apoyo gobernó Pericles, se había dividido definitivamente. La cúspide del demos, que pertenecía a los grandes terratenientes y a los potentados usureros, se había unido provisionalmente con los antiguos adversarios de Pericles, esto es, con los aristócratas animados de un espíritu laconófilo. La finalidad de este grupo era hacer la paz con Esparta, para luego, contando con su ayuda, aplastar a la democracia radical. Sin embargo, dentro de las condiciones del tiempo de guerra, sus cabecillas debían proceder con suma cautela, para no ser acusados de traición. El dirigente reconocido de tal agrupación era Nicias.

La mayoría del demos urbano, dirigida por los ricos artesanos, se inclinaba a favor de la activación de las operaciones bélicas y del refuerzo militar de Atenas hasta lograr la victoria final. Tales capas de la población urbana, después de la invasión de Arquídamo, gozaban, al parecer, del apoyo de ciertos grupos del campesinado que había perdido todos sus bienes y que esperaban hallar mejora para su situación sólo en un completo triunfo sobre los peloponesiacos. No sin razón los de Acarnes, en la comedia de Aristófanes a la que dan nombre, se presentan en calidad de jurados contrarios a la paz con Esparta. A la cabeza de este grupo se hallaba Cleón.

Las corrientes políticas en Atenas, después de la muerte de Pericles, son brillantemente personificadas por Nicias y Cleón. El primero, hijo de Nicerato, pertenecía a la flor de la nobleza ateniense. Había comenzado su carrera política todavía en vida de Pericles y, junto con él, ocupó el cargo de estratega. «Después del fallecimiento de Pericles, Nicias fue promovido inmediatamente al cargo superior, principalmente por los ricos y por los de abolengo, los que lo contraponían al osado Cleón; por otra parte, también el pueblo le era favorable y secundaba sus ambiciones.»

Aristóteles

Aristóteles

Aristóteles, partidario de la aristocracia moderada, lo considera, junto a Tucídides —el hijo de Melesías— y a Terámenes, como «el mejor de los políticos en Atenas». Tucídides, discreto en sus apreciaciones, también caracteriza a Nicias como a un hombre que «en su conducta siguió siempre los principios de la virtud», y como al «más experimentado estratega» ateniense.

Se comprende que todas estas brillantes caracterizaciones se deben no a las cualidades personales de Nicias, sino, en primer lugar, a que su línea política, dentro de la tensión creada por la guerra del Peloponeso, correspondía totalmente a los puntos de vista personales de Tucídides, de Aristóteles y de Plutarco.

Nicias era uno de los hombres más acaudalados de toda la Hélade. Su fortuna se calculaba en una suma no menor a los 100 talentos, cuya mayor parte representada por dinero en efectivo, razón por la cual había sufrido poco con la invasión de Arquídamo. De acuerdo con lo que informa Jenofonte, Nicias poseía 1.000 esclavos, que trabajaban en los yacimientos del Laurión, aportando cada uno de ellos a su amo un óbolo diario. Se hizo especialmente célebre por su munificencia durante los festejos de las liturgias, tan frecuentes en Atenas. «Conquistaba la estima del pueblo mediante las coregías, las gimnasiarquias y otras prodigalidades similares, superando, en suntuosidad y en saber complacer, a todos sus antecesores y contemporáneos. Se hizo proverbial su pusilanimidad e irresolución. En efecto, en el caldeado clima político de la Atenas de aquel tiempo debía estar constantemente alerta. Quizá así se explique precisamente su tendencia a tener todos sus bienes en dinero efectivo, para poder llevarlos consigo con más facilidad. Son precisamente estos rasgos del carácter de Nicias los que aprovecha Aristófanes en su comedia Los Caballeros, para hacerlo objeto de sus mofas.

En medio de las circunstancias de la guerra, Nicias no pudo proclamar abiertamente su divisa de paz con Esparta, pero, en cambio, aprovechó al máximo todas las posibilidades para entablar negociaciones de paz. A lo largo de toda su actividad militar y administrativa, Nicias se afanaba en no asumir responsabilidades con ninguna medida decisiva. Esto se advierte en su comportamiento, tanto durante la campaña de Pilos como en la expedición a Sicilia, y por ello resultó la figura más adecuada para los círculos que tendían no al desarrollo de las operaciones bélicas, sino más bien a su reducción. Era claro que un dirigente del tipo de Nicias, no podía llevar a Atenas al triunfo.

El adversario de Nicias era Cleón, hijo de Cleainetos, figura dirigente de la democracia radical. A diferencia de aquél, procedía de la masa del pueblo. Según Aristófanes, el padre de Cleón «tenía un taller en que trabajaban esclavos curtidores».

Las mofas de que lo hace objeto Aristófanes testimonian inmejorablemente hasta qué punto era odiado Cleón por la clase de la nobleza ateniense, debido precisamente a su estirpe. Uno de los personajes de Los Caballeros, Demóstenes, pregunta al Choricero: «¿No eres acaso de los nobles?», y enterado de que su interlocutor procede del pueblo, le declara:

«¡Dichoso tu destino!

Veo que eres feliz por tu nacimiento»,

y continúa luego:

«Pues ser demagogo no es cosa de leídos,

No es cosa de ciudadanos honrados y decentes,

Sino de iletrados e inservibles.»

Más adelante, el Choricero, en la misma comedia, reprocha al Demos:

«Pues tú pareces un niño mimado,

Y ahuyentas a los adoradores nobles.

A los faroleros, a los curtidores

Y a los desolladores te entregas gozoso.»

Cleón, hombre de fuerte carácter, bien orientado, decidido y, además, excelente orador, se presentó con un programa de osadas medidas, tanto militares como políticas y financieras. Nicias, no obstante todas sus riquezas y vinculaciones, se veía constantemente forzado a ceder terreno frente a su adversario, insistente y enérgico.

En primer lugar, Cleón estaba estrechamente vinculado a las amplias masas del demos. Inclusive Tucídides, que era un enemigo personal, y que lo caracteriza como «el más inclinado a la violencia de los ciudadanos», se ve, a pesar de todo, obligado a reconocer que «en aquel tiempo, Cleón gozaba en muchos sentidos de la confianza del demos». Al apreciar las probabilidades de las dos partes beligerantes, Cleón lo hacía con un optimismo que derivaba de sus estrechos vínculos con el demos, y en ello residía su fuerza.

La idea básica de Cleón consistía en que Atenas estaba en condiciones de vencer a Esparta a condición de no limitarse a la defensa, sino desarrollar operaciones agresivas en el propio territorio del Peloponeso. Como premisas para esas operaciones era necesario: 1) la represión de los «aliados»; 2) la seguridad material de los ciudadanos atenienses; 3) la amplia sustentación financiera de igualmente amplias operaciones de agresión. Precisamente en la estructura total de este programa hay que considerar las medidas y las intervenciones de Cleón en la ecclesia. Sus puntos de vista en la cuestión de los aliados aparecen expuestos con toda nitidez por Tucídides. En la ecclesia, Cleón exigía la ejecución de todos los mitilenios, y la venta como esclavos de sus mujeres y niños. Tal medida parece muy cruel e injusta. Pero, aun así, hay que reconocer que tal cruel propuesta era una consecuencia lógica de su propia premisa, y viene al caso decirlo, también de Pericles, según la cual, siendo el poder de los atenienses sobre sus aliados una tiranía, sólo se la podía mantener mediante procedimientos tiránicos.

Otros ataques se los ganó Cleón por su propuesta de aumentar la paga a los heliastas (miembros del tribunal), de dos a tres óbolos por cada sesión.

En la comedia Los Caballeros, Aristófanes no lo llama con otro nombre que no sea «Cleón, el de tres céntimos». Sin embargo, esta medida, según el proyecto de Cleón, debía mitigar, aunque fuera parcialmente, el peso de la guerra que gravitaba sobre la población.

La participación en la heliea durante la guerra constituía a menudo el único ingreso del ateniense pobre, carente de cualquier posibilidad para encontrar otros medios de subsistencia. A la pregunta del Niño (en Las Avispas, de Aristófanes):

«Ay padre mío, si los jueces

No sesionaran en la heliea,

¿Dónde encontrarías para nuestro desayuno?

Para la cena, ¿qué harías?

¿Qué idearías? ¿Dónde está la salvación?

¿Quizá arrojarnos al agua de cabeza?»,

el Anciano contesta:

«Sabe Dios, que no sé

dónde podríamos almorzar hoy.»

Este gasto extraordinario lo compensó Cleón, en primer lugar, con un considerable aumento del foros. Si durante la época de Arístides el foros era de 460, y durante la de Pericles, de 600 talentos, en cambio con Cleón alcanzó la enorme cifra de 1.300 talentos. Este aumento del tributo, siendo imprescindible, desde el punto de vista de las necesidades bélicas de Atenas, ofrecía peligro para la integridad de la arqué, puesto que, indudablemente, haría recrudecer las tendencias separatistas en los aliados. Al parecer, la cruel represión que se había descargado sobre los mitilenios debió atemorizar a las demás polis sometidas a Atenas. Una serie de inscripciones que ostentan listas de los pagadoresdel foros proporciona la posibilidad de seguir, sobre ejemplos concretos, cómo variaba la cantidad de los mismos y cómo crecían sus aportes. En los años 433—432 eran, en total, 166, y entre los años 425—424, su número había crecido hasta 304. Tal crecimiento se explica, como se comprende, no por la ampliación de la arqué ateniense, sino porque del método de la imposición colectiva a los aliados, los atenienses pasaron a la recaudación de los pagos de cada una de las polis por separado, debido a lo cual el total general del foros casi se duplicó.

El eslabón más importante en el programa de Cleón, para el cual fueron tomadas las señaladas medidas, debía serlo la amplia táctica ofensiva que, reemplazando la de espera y bloqueo de Pericles, hubiera podido llevar a los atenienses a la victoria. Sin embargo, para realizar tal política, era condición necesaria superar los obstáculos y las traiciones en el propio campo. A diferencia de Pericles, quien, de hecho, reunía en sus manos tanto la dirección política como el mando militar, Cleón sólo podía obrar, en lo fundamental, a través de la ecclesia, puesto que la mayoría de los estrategas seguían generalmente al cauteloso Nicias.

A partir de entonces (año 427) fue notándose un manifiesto desacuerdo entre la ecclesia y los órganos ejecutivos del poder. La ecclesia radical se veía a menudo forzada a inmiscuirse hasta en las órdenes particulares de los estrategas, para asegurar la ejecución de la línea política deseada. Esta disensión entre los demagogos y los estrategas, entre los dirigentes políticos y militares, dificultaba mucho la dirección operativa del gobierno. Así y todo, tal disensión no fue resultado de la obstinación o terquedad personal de Cleón o del nerviosismo de los miembros de la ecclesia, sino de la desconfianza política que la democracia radical sentía respecto de los estrategas aristócratas.

La operación de Pilos

Estàtua de Guifré el Pilós (Venanci Vallmitjana, 1888)

Estàtua de Guifré el Pilós (Venanci Vallmitjana, 1888)

Durante dos años, hasta la misma campaña del verano del año 425, la dirección general de los ejércitos siguió en manos de Nicias y sus adherentes. Fue un período de relativa calma. Algunas operaciones bélicas activas se registraron tan sólo en la parte oeste de la Grecia central y en el lejano Occidente, en Sicilia. En el verano del año 426 el joven estratega ateniense y posteriormente célebre conductor de ejércitos, Demóstenes, encabezando una escuadra de 30 barcos, devastó las costas del Peloponeso y arribó a la Acarnania. Allí unificó bajo su mando a todos los aliados atenienses de la Grecia occidental: a los acarnanios, zacintios, cefalonios y, en parte, a los corcirios. Habiendo devastado a los campos de la isla de Léucade y convencido de la inexpugnabilidad de la propia ciudad de Léucade, Demóstenes se dirigió a Naupacta, desde donde había resuelto emprender un movimiento ofensivo sobre Etolia, una de las mayores regiones de la Grecia central, para poder, en su caso de obtener éxito, invadir Beocia desde el Oeste. Sin embargo, tras los primeros triunfos, sus hoplitas chocaron con la táctica, para ellos insólita, de los peltastas etolios. Estos evitaban encuentros en campo abierto, pero cubrían a los atenienses con una lluvia de dardos y flechas. De esta manera, los hoplitas atenienses, cargados con armas pesadas, fueron batidos por sus «atrasados» adversarios. Demóstenes se vio forzado a retirarse hacia Naupacta.

La derrota de los atenienses en Etolia estimuló a los peloponesiacos a emprender un movimiento ofensivo en esa región. Todavía el año anterior los lacedemonios habían fundado la colonia Heráclea, en Traquinia. Apoyándose en la misma, los peloponesiacos dirigieron, en ayuda de los etolios, a 3.000 hoplitas. Este poderoso ejército asoló las tierras de los locrios ozolianos y los naupactianos, después de lo cual se dirigieron hacia el Oeste, a la Acarnania, contra Demóstenes, recientemente batido por los etolios. Pero éste supo sacar partida de su derrota del año anterior, y eligió para librar el combate una región muy accidentada. En la batalla de Olpas (noviembre del año 426) escondió una parte de sus hoplitas, tendiendo una emboscada merced a la cual batió por completo a los peloponesiacos, superiores en número, y firmó así la influencia de Atenas en el Occidente.

La aplastante derrota de los 3.000 hoplitas peloponesiacos fue, de hecho, el primer gran triunfo de Atenas en tierra firme. La batalla de Olpas no sólo privó a los peloponesiacos de su aureola de invencibilidad, sino que también afianzó la influencia del partido radical en Atenas, partido que, junto a su dirigente político Cleón, había adquirido un jefe militar, Demóstenes.

Al mismo tiempo iba incrementándose la acción política ateniense en Sicilia. En el año 427 llegó a Atenas una embajada enviada por la colonia siciliana de Leontinos, encabezada por el célebre sofista Gorgias. Tras sopesar todas las circunstancias, Atenas resolvió enviar en ayuda de aquélla, al comienzo 20, y luego otras 40 trieres. Pero, poco después de la llegada de la flota ateniense, los delegados de todas las polis sicilianas en guerra se reunieron en el verano del año 424 en un congreso en Gela y concertaron la paz entre todas ellas. Esto se debió a que la ecclesia ateniense evidenciaba un interés excesivo por Sicilia, de manera que hasta los aliados de Atenas creyeron que ésta representaba para ellos una amenaza no menor que la de Siracusa.

La expedición a Sicilia tuvo un resultado secundario sumamente importante, que determinó la marcha ulterior de las operaciones bélicas, hasta la misma paz de Nicias. Demóstenes, ayer vencedor de los peloponesiacos en Olpas, fue a bordo de la escuadra ateniense y, no obstante que a ésta le fueron planteados dos problemas —la ayuda a los demócratas corcirios y la guerra contra Siracusa—, se autorizó a Demóstenes hacer uso de los barcos también para las operaciones bélicas en el Peloponeso.

El momento para las operaciones en la retaguardia del enemigo fue elegido con sumo acierto. El ejército espartano bajo el mando del joven y poco experimentado hijo de Arquídamo, Agis, se hallaba en aquel momento en el Ática, al tiempo que la flota peloponesiaca había sido enviada a las aguas corcirias. De esta manera, el litoral de la península quedaba, de hecho, indefenso. Como punto de desembarco fue elegido Pilos. Este promontorio, casi inhabitado, se encuentra en la parte sudoeste del Peloponeso, en la Mesenia, a una distancia algo mayor de 70 kilómetros de Esparta. A Demóstenes lo atraían, en primer lugar, las condiciones de defensa de Pilos, sumamente adecuadas. La abundancia de bosques y de piedra hacía fácil la instalación de defensas artificiales; la presencia de un buen puerto aseguraba la provisión de víveres y la falta de habitantes en los lugares circundantes dificultaba al adversario el desarrollo de operaciones bélicas. Mas lo fundamental lo constituía el hecho de que Pilos podía, en el futuro, convertirse en centro de unificación de los mesenios en la lucha por emanciparse del yugo espartano. Los señala Tucídides: «Desde hace mucho tiempo, los mesenios, nativos de este lugar…, en virtud de ello, teniendo a Pilos como base de apoyo, podrían causarles a ellos [a los lacedemonios] enormes daños y, al mismo tiempo, custodiar sólidamente la región.» Demóstenes, que mantenía contacto con los mesenios naupactianos y que daba vida al programa de los demócratas atenienses, contaba sin duda, en caso de tener éxito, con poder sublevar en masa a los ilotas en Mesenia. Es probable que el lugar mismo para el desembarco le hubiera sido señalado con anterioridad, por alguno de los mesenios naupactianos.

Aprovechando una tregua de seis días, cuando los espartanos no podían aún valorar en todos sus alcances el significado del desembarco de los atenienses, Demóstenes puso a Pilos en estado de completa capacidad defensiva. Luego, quedando en el lugar tan sólo con cinco trieres, envió a las restantes hacia Corcira. El paso emprendido por Demóstenes era sumamente arriesgado. Era inminente tener que enfrentar en tierra peloponesiaca la ofensiva de todas las fuerzas de la confederación del Peloponeso, perspectiva ante la cual ni siquiera tenía la seguridad de contar con una posibilidad para la eventual retirada, debido a que la flota ateniense había emprendido su ruta, y sus cinco trieres no bastarían para repeler los ataques enemigos.

En efecto, enterados del desembarco, los éforos llamaron de regreso a Agis, que se hallaba en el Ática, y todos los destacamentos con que se contaba, compuestos tanto de espartanos como de los periecos más cercanos, fueron enviados inmediatamente a Pilos. Además, fueron convocadas las reservas de todo el Peloponeso y se hizo regresar 60 trieres desde Corcira. Teniendo tamaña superioridad de fuerzas, los lacedemonios abrigaban la esperanza de acabar pronto con Demóstenes. Para cortarle el camino hacia el puerto fue desembarcado en la deshabitada isla de Esfacteria, separada de Pilos por un angosto estrecho de sólo 120 metros de ancho, un destacamento compuesto de 420 hoplitas seleccionados, elegidos por sorteo en todas las secciones, sin contar a los ilotas, sus servidores. Al estrecho entre Pilos y el islote, los espartanos pensaban obstruirlo con los barcos acumulados estrechamente, uno junto a otro.

Al ver tantos preparativos, Demóstenes envió dos trieres a alcanzar a la flota ateniense, llamándola en su ayuda; y él mismo desembarcó las tripulaciones de las trieres restantes, armándola con escudos de mimbre trenzado, y se aprontó a defender la costa contra varias decenas de naves peloponesiacas. Los ataques de dos días consecutivos efectuados por los espartanos desde el mar terminaron con la derrota de los atacantes, quienes resolvieron entonces pasar al asedio prolongado de Pilos.

Mas ya al tercer día regresó la flota ateniense y, en una encarnizada batalla naval, en el interior del golfo destruyó casi por completo las naves peloponesiacas. La situación cambió totalmente. Ahora era ya el destacamento espartano el que se encontraba aislado en el islote de Esfacteria, separado del continente y condenado a morir de hambre. Y dado que se trataba de los espartanos de más abolengo, los funcionarios superiores de Esparta se dirigieron al lugar de la batalla y ofrecieron a los estrategas atenienses firmar un armisticio bajo condiciones sumamente duras para los lacedemonios. Esparta se comprometía a enviar inmediatamente embajadores a Atenas, en una triere ateniense, portadores de una proposición de paz. Se entregaba a los atenienses, en tanto durasen las negociaciones, toda la armada peloponesiaca, no sólo la que se hallaba en Pilos, sino también la de toda la Laconia. A cambio de ello se permitía a los espartanos, siempre bajo el control de los atenienses, enviar diariamente, en tanto tenían lugar las negociaciones, una determinada cantidad de víveres al destacamento desembarcado en Esfacteria. Los atenienses se comprometían a devolver a los espartanos sus naves de guerra después del regreso de los embajadores.

Pero los embajadores de Esparta fueron recibidos en Atenas no muy amistosamente. En la esperanza de que los atenienses, que ya en el año 428 habían pedido la paz, estarían inclinados a poner término de la guerra, los espartanos les ofrecieron «paz, alianza, estrecha amistad y apoyo mutuo». En respuesta a tales generalidades. Cleón, «que en esa época era dirigente del demos, y que al mismo tiempo gozaba de la más grande confianza de parte de la multitud», exigió que no sólo fueran devueltos a los atenienses los puertos megarienses de Nisaia y Pagas, sino además entregados los puertos peloponesiacos de Trecene y la Acaya. Tales exigencias eran totalmente inaceptables para Esparta. No obstante, los embajadores propusieron someterlas a consideración junto con los delegados atenienses. Pero Cleón, temiendo que los espartanos se pusieran de acuerdo con el grupo de Nicias, exigió categóricamente que las negociaciones sólo continuasen en la ecclesia, tras lo cual los embajadores regresaron a Pilos.

Allí, en el ínterin, la situación había ido complicándose. Los lacedemonios, valiéndose de estratagemas y subterfugios, hacían llegar vituallas a Esfacteria. Habían prometido la libertad a los ilotas a cambio de aprovisionar de productos a esa isla; así, hombres osados llevaban a Esfacteria sacos con semillas de amapola, miel, y de esta manera provenían a los sitiados. Se acercaba el otoño con sus tormentas, lo cual obligaría a la flota ateniense a regresar al Pireo en busca de refugio. Al mismo tiempo, también las tropas atenienses desembarcadas en Pilos sufrían por la falta de agua y de víveres.

Durante todo ese tiempo, Cleón reprochaba a Nicias su inactividad y exigía medidas decisivas. Valiéndose de la declaración de Cleón de que se podía ocupar Esfacteria en unos veinte días, y convencido de que tal cosa era imposible, Nicias le propuso, en el seno de la ecclesia, que asumiera la realización de tal plan. Pero Cleón aceptó. Renunció a los hoplitas atenienses que le fueron ofrecidos, y llevó consigo sólo a los destacamentos de los aliados. Teniendo presente la derrota de los hoplitas atenienses en Etolia, Cleón, junto con Demóstenes, había elaborado un plan de ataque simultáneo a los espartanos mediante destacamentos de peltastas y, efectivamente, a finales de agosto del año 425, tomó la isla por asalto, llevándose prisioneros a 292 hoplitas, entre ellos 120 espartanos.

Guerrero Espartano

Guerrero Espartano

«El complicadísimo embrollo anudado en Pilos» tuvo enorme resonancia política en toda la Hélade, especialmente en Atenas y en Esparta. En primer lugar, los atenienses habían obtenido el éxito militar más grande en el propio territorio espartano, en lucha contra los espartanos, hasta entonces invencibles. En segundo lugar, los espartanos, educados según la leyenda de la hazaña de Leónidas en las Termópilas, se habían entregado con vida como prisioneros, y para colmo precisamente a los atenienses, tan despreciados por ellos. En tercer lugar, la operación de Pilos puso de manifiesto la debilidad de la falange hoplita en comparación con los peltastas, que llevaban armas livianas. En cuarto lugar, Pilos y Esfacteria habían quedado en manos de los atenienses, convirtiéndose así en centro de gravitación para los ilotas, los que empezaron a pasarse en masa a los mesenios de Naupacta, que habían quedado allí en calidad de guarnición permanente de Atenas. Los mesenios hablaban el mismo lenguaje que los ilotas y los espartanos, de modo que les era fácil hacer salidas para recorrer toda la Mesenia sembrando la rebelión entre los ilotas. Subrayando la difícil situación de Esparta, Tucídides se detiene minuciosamente sobre el significado de la operación de Pilos. Escribe así: «En Pilos dejaron [los atenienses] una guarnición, y los mesenios de Naupacta, considerando a Pilos como su tierra nativa —pues está situada en el territorio de la antigua Mesenia—, enviaron allí a sus hombres más aptos, los que, hablando la misma lengua que los habitantes de Laconia, comenzaron a saquearla y a causarle muchísimos daños… y como al mismo tiempo, por añadidura, los ilotas empezaron a pasarse a Pilos, temiendo [los lacedemonios] alguna otra revuelta en su propia tierra, estaban alarmados.»

En medio de circunstancias tan graves para Esparta, y en vista de la escasez de espartanos, era de suma importancia librar del cautiverio a los prisioneros que, en el ínterin, habían sido llevados a Atenas. Mas después de la victoria en la isla de Esfacteria, la autoridad de Cleón resultaba inapelable, y Nicias, junto con todos sus partidarios, había perdido toda influencia entre la masa popular. No en vano Aristófanes, en su comedia Los Caballeros, puesta en escena en el año 424, pone en labios de Nicias la idea de huir de Atenas, en vista del poderío de Cleón, a quien por la victoria le fueron rendidos honores jamás vistos. De esta manera, la victoria de Pilos no sólo obligó a Esparta a pedir la paz, sino que colocó en el poder, en Atenas, al partido que ansiaba la guerra.

La situación en Atenas era tal, que la agrupación de Nicias se vio en la necesidad de emprender algunas acciones enérgicas. La autoridad de Nicias como comandante en jefe vaciló seriamente, pues él se había opuesto a las operaciones que obligaban al enemigo a pedir la paz. Además, las fuerzas que prevalecieron en el campo de batalla resultaron ser las de los peltastas y los aliados, al tiempo que los pesados hoplitas, que en las milicias atenienses representaban a los círculos adinerados de la población —sin hablar ya de la caballería aristocrática—, en el transcurso de los siete años de guerra no habían conseguido ni un solo triunfo de valor.

Dadas todas estas circunstancias, y no obstante iniciarse el otoño, Nicias, inmediatamente después del regreso victorioso de Cleón y Demóstenes con los prisioneros espartanos, emprendió una campaña contra Corinto, a la cabeza de una gran flota de 80 navíos que llevaban 2.000 hoplitas atenienses, 200 jinetes y también tropas auxiliares de milesios y otros aliados. Esta expedición perseguía no tanto fines militares como políticos. Los éxitos militares de Nicias deberían contrarrestar las acciones de sus adversarios políticos. Pero tales éxitos fueron muy relativos, por no decir dudosos. Cuando los atenienses hubieron desembarcado al sudeste de Corinto, junto a Soligeios, se vieron frente a la mitad de todo el ejército corintio. En la encarnizada batalla que se entabló no alcanzaron triunfo alguno y al presentarse las reservas corintias se retiraron a sus embarcaciones. Luego, una parte de los atenienses desembarcaron en Metana, en la Argólida, y se apoderaron de este lugar, levantando, a ejemplo de lo hecho en Pilos, un muro en el istmo que llevaba a Trecene. Tales fueron los pobres resultados de la grandiosa campaña.

En cambio, al año siguiente, en el verano del 424, se emprendió una exitosa operación, de resultas de la cual se ocupó la ciudad doria de Citerea, «una isla situada cómodamente respecto a Laconia y poblada por lacedemonios». Los espartanos estaban completamente desesperados después de la catástrofe de Pilos. «La guerra les amenazaba con ineludible rapidez… desde todas partes… Jamás, en ninguna empresa de carácter militar, los lacedemonios habían puesto en evidencia tanta indecisión… Los reveses del destino que se habían descargado sobre ellos en gran cantidad y en poco tiempo les arrojaron en el mayor estupor; temían que volviera a caer sobre ellos semejante infortunio.»

Como una de las causas más importantes del «pacifismo» de Esparta, Tucídides considera los recelos de los espartanos «… de que no se produjera ningún golpe de orden interno, después de haberle acaecido a Esparta una desgracia inesperada tan grande». Como «golpe de orden interno», Tucídides entiende, evidentemente, una rebelión de ilotas, siempre temida por los espartanos, y la cual sería particularmente peligrosa en momentos en que en Pilos se habían afianzado los mesenios; a esta misma consideración vuelve Tucídides posteriormente. En efecto, al relatar las dificultades por las que pasaba Esparta en vísperas de la expedición de Brasidas, dice: «Además de ello, sería muy deseable para los lacedemonios tener un pretexto para despachar una parte de los ilotas, a fin de que no alentaran el pensamiento de alguna revuelta, dada la situación resultante de la pérdida de Pilos.»

Se impone hacer notar que los éxitos militares atenienses de los años 425—424 se debieron en grado considerable a la política financiera de Cleón. A juzgar por los fragmentos de una inscripción que representan unos decretos de la ecclesia acerca de la paga de foros por los aliados, la suma general del mismo fue duplicada, muchas ciudades debieron pagar una cantidad tres y hasta cuatro veces mayor que hasta entonces. Especialmente considerable fue el aumento del foros impuesto a Jonia, atemorizada por la devastación de Mitilene. Al parecer, en el mismo año, y probablemente con motivo de la anterior reformadel foros por Cleón, éste hizo pasar el decreto que elevó la paga a los heliastas. Fue así cómo pudo declarar con orgullo con respecto a él mismo:

«¡Oh, pueblo! ¿Cómo podrá otro ciudadano amarte más ardiente, fuertemente?

Pues desde que yo estoy en el Consejo he colmado hasta el tope al fisco.»

Según otra inscripción, se le había entregado a Nicias para la expedición de Citerea la cantidad de 10 talentos. Sin los medios financieros recaudados por la energía de Cleón, el fisco ateniense no hubiera estado en condiciones de financiar expediciones tan grandes como la del año 425 y, especialmente, la del año 424.

La ocupación de Citerea fue el punto culminante de los éxitos atenienses. Parecía que uno o dos esfuerzos más como éste y la brillante victoria final de Atenas estaría asegurada. Los radicales atenienses habían concebido la idea de asestar el golpe decisivo en Beocia, atacando al más fuerte aliado de Esparta simultáneamente desde tres lados. Demóstenes, llevando 40 naves, se dirigió a Naupacta y reclutó el ejército de acarnanios y mesenios, planeando apoderarse del puerto beocio de Sifas en el litoral del golfo Corintio, mediante un ataque desde el Occidente. Los demócratas beocios debían promover una sublevación en Queronea, situada en la frontera septentrional de Beocia, y las fuerzas principales de los atenienses, bajo el mando de Hipócrates, se preparaban para dar el golpe sobre Delión, desde el Este. Los tres golpes tenían que efectuarse al mismo tiempo, para no dar a los beocios la posibilidad de enfrentar a los enemigos uno a uno, por separado. Pero Hipócrates se demoró, y la conjuración de los demócratas fue descubierta prematuramente. Debido a esto, Demóstenes no pudo tener éxito, y la totalidad del ejército de los beocios salió al encuentro de Hipócrates, el que, no obstante, tuvo tiempo para apoderarse de Delión y fortificarla. En la batalla de Delión, los beocios alinearon sus tropas dándoles una profundidad de 25 filas (mientras que los atenienses la tenían solamente de ocho filas) y, anticipándose al célebre «orden oblicuo» de Epaminondas, consiguieron una completa victoria (noviembre del año 424). Los atenienses tuvieron mil bajas, entre ellas la del propio estratega Hipócrates. Fue la más grande derrota de los atenienses durante toda la guerra de Arquídamo.

Operaciones bélicas en Tracia

El infortunio de Esparta y la disminución de su autoridad provocaron entre los espartanos comunes una tendencia hacia la activación de las operaciones bélicas y hacia una política más resuelta. Se les hacía más clara la necesidad de medidas radicales de parte de los dirigentes de la política espartana. Pero entre tanto, la tendencia fundamental de la oligarquía espartana residía entonces en conseguir una paz con Atenas y liberar a los prisioneros. Como representante de las nuevas tendencias se destacó el joven Brasidas, el más enérgico de todos los jefes militares espartanos. Este había ideado una medida arriesgada, insólita para los lacedemonios. Comprendiendo que la fuerza de los atenienses se basaba en su potencialidad naval, y viendo la incapacidad de los peloponesiacos para las operaciones en el mar, Brasidas resolvió intentar abrirse camino hacia la retaguardia ateniense por vía terrestre y, tras cruzar toda la Grecia continental, salir a través de la Macedonia hacia las ciudades del litoral tracio. Se trataba de un plan de evidente gran riesgo, puesto que había que marchar a través del territorio de Tesalia, que mantenía amistad con Atenas, y, en el caso de surgir complicaciones, no quedaría camino alguno para la retirada.

Los oligarcas de Esparta temían dar un paso tan arriesgado, y fracasar, por lo cual le negaron a Brasidas apoyo militar y material. Sin embargo, calculando que, en caso de éxito, se contaría con más ventajas en las negociaciones de paz, y que en caso contrario se verían libres del ardoroso Brasidas, los dirigentes de la política espartana le autorizaron a prepararse para la expedición.

La campaña de Brasidas podía proporcionar a Esparta muchas ventajas. En primer lugar, se abriría un nuevo frente, el que debilitaría la presión ateniense sobre el Peloponeso. Además, la liga de las ciudades calcídicas, atemorizada por el castigo inferido a la ciudad de Potídea, había prometido organizar una sublevación general contra la tiranía de Atenas y tomó a su cargo financiar la expedición. Un éxito de la expedición tracia presagiaba para Esparta brillantes perspectivas, puesto que acarrearía la descomposición de la arqué ateniense. En caso de lograr liberar a las polis calcídicas del poder de Atenas, se intensificaría considerablemente la dispersión de las fuerzas en toda la Liga marítima ateniense.

Finalmente, un punto de no poca importancia era el deseo de los lacedemonios de deshacerse, aunque fuera de una parte, de los ilotas. Después de la derrota de Pilos, Esparta temía constantemente una sublevación de los mismos. Aun antes, los espartanos habían seleccionado alrededor de 2.000 de los más valientes y meritorios ilotas, a los que mataron a escondidas para que la masa de los esclavos perdiera a sus cabecillas. Tucídides subraya que los espartanos procedieron de esta forma, «atemorizados por el espíritu levantisco y por el crecido número de los ilotas», y también porque «entre los lacedemonios la mayoría de las iniciativas habían estado siempre orientadas a protegerse contra los ilotas». Ahora dieron a Brasidas otros 700 ilotas más proveyéndolos con armas de hoplitas. Aparte, Brasidas reclutó otros 1.000 voluntarios en todo el Peloponeso. En agosto del año 424 cruzó rápidamente la Tesalia, de manera que las polis tesaliotas ni siquiera tuvieron tiempo para reclutar un ejército que le ofreciera resistencia y llegó a Macedonia, donde se encontró con una amistosa recepción del rey Pérdicas.

La aparición de Brasidas en la Calcídica provocó intervenciones masivas contra Atenas. Entre las polis helenas del Norte era muy fuerte la tendencia a separarse de Atenas y recuperar la libertad. Los beocios exteriorizaban abiertamente desde hacía mucho su descontento por el dominio de Atenas. La fundación de ciudades bajo la hegemonía de Olinto también debe ser valorada como una demostración hostil hacia Atenas. Finalmente, el considerable aumento del foros había intensificado más aún los ánimos antiatenienses. Un factor importante los constituyó igualmente la circunstancia de que el rey macedonio, Pérdicas, otrora aliado ateniense, se dirigiera a Esparta en busca de ayuda contra Arrabeo, rey de los lincestas. Brasidas apostaba sobre todas estas cartas. Tucídides, actor él mismo en ese frente, anota: «Procediendo con justicia y moderación con las ciudades [de Tracia], Brasidas, al mismo tiempo, apartó del bando ateniense a la mayor parte de las mismas.»

En cuanto a los principios de la política de los peloponesiacos en Tracia, Tucídides los formula en la arenga que hiciera Brasidas a los habitantes de Acantos. Subraya, en primer lugar, que todas las polis que pasaran a su lado recuperarían por completo la independencia. Luego prometió solemnemente no inmiscuirse en los asuntos internos de las polis, esto es, que no apoyaría a los oligarcas contra los demócratas. En caso de negarse a aceptar sus condiciones, Brasidas amenazaba con asolar los campos de los acantianos, lo cual, dado que se acercaba la época de la recolección, los privaría de víveres para el invierno. De esta manera, Brasidas se atrajo el apoyo de Acantos, Estagira y Argilos, y se acercó, sin menor impedimento, a la principal posesión de Atenas en Tracia: Anfípolis. El historiador Tucídides, que en ese año era estratega, se encontraba en aquel momento con siete trieres junto a Tasos, a una distancia de medio día de camino de Anfípolis. Llamado en ayuda a ésta, se dirigió a la ciudad, pero llegó tarde. Brasidas había ofrecido a los habitantes de Anfípolis condiciones de capitulación muy ventajosas y la ciudad se le entregó sin combatir. Tucídides alcanzó a apoderarse solamente de Eión, suburbio de Anfípolis. Por su pasividad, fue expulsado de Atenas y desde entonces vivió en tierras extrañas.

El paso de Anfípolis al bando de Esparta fue un síntoma sumamente alarmante para Atenas. De esta manera perdía la fuente básica de aprovisionamiento de maderas para la construcción de buques, y grandes fuentes de ingresos pecuniarios. Las aliadas de Atenas «comenzaron a negociar secretamente con Brasidas, invitándolo a visitarlas, y queriendo cada una de ellas ser la primera en defeccionar». En el transcurso de unos tres meses, Brasidas logró apoderarse de las dos terceras partes de la Calcídica. Solamente la península de Palena permanecía aún en manos de los atenienses, pero incluso allí había intranquilidad.

El armisticio

En la primavera del año 423, entre Esparta y Atenas fue firmada una tregua por el término de un año. Los dirigentes de la política espartana calculaban que la tregua conduciría a la paz, y que les serían devueltos los espartanos prisioneros, Pilos y Citerea, a cambio de las conquistas de Brasidas en el litoral tracio. De la misma manera había en Atenas una inclinación por el armisticio, debido a que los atenienses querían juntar reservas en la Calcídica, antes que esa región defeccionara totalmente.

Las condiciones del armisticio consistían en la conversación del statu quo; los lacedemonios y sus aliados obtenían la libertad del comercio en el mar, pero se les prohibía cambiar de lugar a sus barcos de guerra. En cambio, era de suma importancia el punto referente a los desertores formulado por los espartanos en la forma siguiente: «Durante este período, no acogeremos a los desertores, ni vosotros ni nosotros.» La inclusión, entre las condiciones del armisticio, del punto social que prohibía acoger a los desertores, haciendo mención especial de los esclavos, se debió, indudablemente, a exigencias de Esparta, y atestigua indirectamente la existencia de una gran cantidad de ilotas que habían huido a Pilos.

Pero todavía durante las negociaciones se sublevó contra Atenas Esción, ciudad situada en la península de Palena, separada de Brasidas por Potídea, que en aquel entonces se encontraba en poder de pobladores atenienses. A Esción se le agregó la vecina ciudad de Mendé. Entonces, a propuesta de Cleón, la ecclesia decidió poner sitio a Esción y pasar por las armas a todos sus habitantes. Brasidas respondió dirigiendo sus tropas a estas dos ciudades. Sus relaciones con Pérdicas ya habían empeorado y el rey macedonio entró en negociaciones con los atenienses, quienes habían enviado contra Esción a Nicias con 50 barcos de guerra, 1.000 hoplitas y 2.000 peltastas. Aprovechando el apoyo de los demócratas de Mendé, los atenienses ocuparon la ciudad y propusieron a sus moradores condenar a los oligarcas y restablecer el régimen democrático. En cambio, Esción fue rodeada con murallas de asedio. De acuerdo con una de las Inscripciones Graecae, en ese mismo tiempo, tres ciudades: Calindón, Trinoya y Cemacos firmaron un tratado de alianza con Atenas.

Una vez expirado el término del armisticio, en el verano del año 422, Cleón se dirigió a Esción con 30 navíos, 1.200 hoplitas y 300 jinetes atenienses, y gran cantidad de aliados. Mediante un enérgico golpe asestado por tierra y mar se apoderó de Torona, «redujo a la esclavitud a las mujeres y a los niños, y a los toronenses, a los peloponesiacos y a otros calcidios…, en total cerca de 700 hombres, los envió prisioneros a Atenas».

Después, Cleón se dirigió por mar hacia Anfípolis, conquistando a su paso a Halepsa, Meciberna, Cleonas y Acrotas. Allí le salió al encuentro Brasidas, quien tenía superioridad numérica y guerreros cualitativamente mejores. En la batalla de Anfípolis (octubre del 422), que terminó con la derrota de los atenienses, cayeron ambos jefes militares: Cleón y Brasidas, que representaban, cada uno en su país, a los partidos de más belicosa inspiración. Tucídides, al describir esa batalla, no escatima acusaciones a Cleón, atribuyéndole «ignorancia y pusilanimidad en comparación con la experiencia y la intrepidez del adversario», es decir, de Brasidas, En efecto, en cuanto a capacidad militar, Brasidas era, sin duda alguna, superior a Cleón. Además, tenía a su disposición a guerreros expertos que tenían fe en su jefe. En cambio, Cleón tenía solamente a 1.200 hoplitas y 300 caballeros atenienses, sin contar ciertamente los grandes contingentes de aliados. Ni los hoplitas ni, menos aún, los jinetes alentaban confianza en Cleón, al que consideraban un advenedizo. Fue esta circunstancia precisamente la que obligó a Cleón a actuar contra todos los principios del arte militar. Tal como escribe Tucídides, «Cleón advirtió las murmuraciones de sus guerreros y, no queriendo irritarlos por permanecer inactivos en el mismo lugar…, los llevó contra el enemigo». Por tanto, la derrota de Cleón se explica no sólo por razones militares, sino también políticas. Sea como fuere, la muerte simultánea de Cleón y de Brasidas hizo considerablemente más fácil el camino hacia las negociaciones de paz.

La paz de Nicias

Con la muerte de Cleón, la democracia radical perdió su influencia en Atenas. Sus planes ofensivos naufragaron. Las derrotas en Delión y en la Calcídica acrecentaron considerablemente los ánimos pacifistas. También los aliados de Atenas, propensos a la defección, infundían serios recelos y temores.

Los espartanos tendían hacia la paz, por las causas señaladas anteriormente. Sólo hay que añadir aún a las mismas el que la guerra tomaba un carácter prolongado, pudiendo siempre determinar una sublevación de los ilotas, bajo la dirección de los mesenios pilosianos. Escribe Tucídides: «Los ilotas se pasaban al enemigo, y los lacedemonios recelaban constantemente de que también los que se quedaban, contando con los fugitivos y con la actual situación se rebelarían nuevamente contra ellos.» Por añadidura, en el año 421 expiraba el plazo de la paz de treinta años firmada con Argos. La alianza de Atenas con Argos era sumamente peligrosa, porque en tal caso algunas ciudades del Peloponeso podrían plegarse a Argos.

Los jefes de los dos Estados, Nicias y el rey espartano Plistoanax, llegaron a acordar, con relativa rapidez, las condiciones de paz. Se resolvió retornar a la situación de preguerra, con la sola diferencia de que los tebanos recibían Platea y los atenienses obtenían Nisaia. Las ciudades de la Calcídica y de Tracia: Argilos, Estagira, Acantos, Escolos, Olinto y Espártolos, que habían pasado voluntariamente a Brasidas, conservaban su independencia, pero se les permitía entrar en la Liga a condición de que Atenas las invitase. Los prisioneros de guerra de ambos bandos debían ser repatriados. La paz civil debía ser asegurada mediante el hecho de que en todas las ciudades que se devolvían a los atenienses se permitía a quienes lo desearan emigrar y dirigirse con todos sus bienes, a donde les plugiere. Además, los atenienses garantizaban la autonomía a las polis aliadas que pagaban con regularidad el foros establecido por Arístides. En caso de discrepancia a la hora de interpretar el tratado de paz, cuya validez era de cincuenta años, el conflicto se resolvía mediante arbitraje.

La paz de Nicias respondía por completo a los intereses de la propia Esparta, pero dejó descontentos a sus aliados, puesto que Beocia, Megara, Corinto y Elis no obtenían nada de ese tratado, e inclusive Megara perdía a Nisaia.

Pero el golpe más severo fue asestado por la paz de Nicias a Corinto. Como ya señaláramos, los intereses básicos de esa polis estaban vinculados a los aliados de Atenas, a los acarnanios, todos los puntos occidentales de apoyo de Corinto. Anactorión fue tomado por asalto y los ambraciotas fueron forzados a entrar en alianza con los acarnanios. Corinto perdió también su tercera colonia, Soligeios. Las islas jónicas quedaban dentro de la esfera de influencia de la democrática Corcira. De esta manera, la lucha por la Hélade occidental fue totalmente ganada por los atenienses. He ahí por qué los aliados espartanos anteriormente citados se negaron a firmar las condiciones de paz, y sus relaciones con Esparta empeoraron notablemente. La cosa parecía encaminarse a una ruptura, lo cual a primera vista convenía a Argos, que gozaba de grandes simpatías entre los peloponesiacos.

El gobierno espartano preveía la inminente amenaza, y trató de neutralizarla no sólo mediante la paz, sino mediante una alianza con Atenas. Ya al mes de haber sido firmada la paz se celebró una alianza defensiva entre Atenas y Esparta. En el correspondiente tratado, compuesto formalmente sobre las bases de la igualdad de derechos, llama la atención una importante obligación unilateral de los atenienses: «En caso de que se subleven los esclavos, los atenienses se comprometen a ayudar a los lacedemonios con todas sus fuerzas dentro de la posible.» Este punto del tratado recuerda claramente la política ateniense de los tiempos de Cimón. Llama la atención el hecho de que los atenienses no hubieran exigido a los espartanos recíprocos compromisos análogos, puesto que, evidentemente, ellos temían en grado mucho menor una sublevación de los esclavos.

De acuerdo con algunos informes fragmentarios de Tucídides, diseminados en los libros IV y V de su obra, estamos en condiciones de seguir el rápido crecimiento de la amenaza de una sublevación de los ilotas después de la campaña de Pilos, de felices resultados para los atenienses. El factor fundamental que inclinó a Esparta por las negociaciones de paz pareciera haber sido no tanto el deseo de liberar a sus prisioneros de guerra (entre los cuales no había más que 120 de la clase de los espartanos), como la amenaza de una sublevación de los esclavos. Fue precisamente esto lo que paralizó la actividad de Esparta, durante la expedición de Nicias a Citerea, y fue esto lo que obligó a los lacedemonios a crear, por primera vez en su historia, una unidad militar para mantener «el orden» en la Laconia y para prevenir la fuga en masa de los ilotas a Pilos. No obstante todas estas medidas, el amago de una sublevación general de los ilotas fue creciendo más y más, hasta el punto de que los espartanos se vieron forzados, a avenirse a la paz, incluso bajo la amenaza de ruptura con sus aliados, pero —de hecho— sólo para prevenir la sublevación de los esclavos.

En el sentido político—social, la firma de la paz constituyó en Atenas una victoria «de los ricos, de la generación mayor y de la mayor parte de los agricultores», como define la composición de los partidarios de la paz el biógrafo Plutarco. Se comprende que a favor de la paz estuvieron también los elementos laconófilos. Sin embargo, la fuerza básica que obraba en Atenas en favor de la paz era el campesinado ático. Tiene razón Aristófanes al poner en labios de Trigeo estas palabras: «Sólo los agricultores podrán devolvernos la paz», y al ensalzar los beneficios de la misma, se ocupa exclusivamente de la temática de los trabajos agropecuarios:

«Lo ve Zeus, brilla la azada con su filosa reja,

Y al sol relumbran las horquillas tridentes.

¡Qué hermosa, qué maravillosa es su fila!

¡Qué deseos de regresar pronto a los campos,

Y levantar con la pala la negra tierra endurecida!»

Los demócratas radicales aún no se habían repuesto del golpe que significó la pérdida de Cleón, y su nuevo dirigente, Hipérbolo, sólo con mucho esfuerzo podía oponer resistencia a Nicias, cuya influencia había alcanzado en ese tiempo su apogeo. «De Nicias se decía siempre que era una persona grata a los dioses, y por ello… le fue proporcionada la posibilidad de llamar con su propio nombre a la más grande y hermosa de las buenas obras.»

No obstante las tendencias generales a poner fin a las operaciones bélicas, la paz de Nicias podía ser, y de hecho lo fue, solamente un respiro, una tregua en la guerra que había abarcado a todo el mundo heleno. La guerra de Arquídamo hizo evidente la existencia de colosales recursos materiales en Atenas y su inexpugnabilidad por tierra firme. La coalición espartana resultó ser demasiado débil para destruir a la arqué. Mas tampoco Atenas se hallaba en condiciones de asestar el golpe decisivo a la Liga peloponesiaca. La paz de Nicias no eliminó las contradicciones que originaron la guerra del Peloponeso. La cuestión de la hegemonía quedó sin resolver. Quedó planteada también la lucha entre oligarcas y demócratas. Finalmente, durante la guerra de Arquídamo se intensificaron considerablemente las fuerzas centrífugas, tanto en el seno de la arqué ateniense como en la confederación del Peloponeso. De todo lo cual puede extraerse la conclusión de que la paz de Nicias, firmada por el término de cincuenta años, podía ser sólo un armisticio, un respiro. Tarde o temprano, las contradiciones señaladas tendrían que hacerla estallar. El mismo destino le estaba reservado también a la alianza defensiva que se había establecido entre Atenas y Esparta.

Fuente: http://www.cristoraul.com/SPANISH/sala-de-lectura/HistoriaUniversal/GreciaAntigua-VV_Struve/Volumen-II/CAPITULO-XIII-2.htm

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